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Mariscal de los campos

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ImageAquella fría noche de noviembre todos aprendieron algo muy importante de forma dolorosa. La carrera de Emil Kostadinov cortaba de raíz las posibilidades de una generación en pleno apogeo. Era la época de los tres ilustres, cada uno a su manera. Uno acariciaba la pelota como la seda, otro era l’enfant terrible, y el tercero tenía un cañón tan certero como una bota de oro. Era el goleador por antonomasia.

 

 

   A Francia le faltaban segundos para validar su billete mundialista. Hablamos de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos. Sólo necesitaba un punto en sus dos últimos partidos como local: primero jugaba contra Israel en el Parque de los Príncipes, para terminar la fase de clasificación recibiendo en casa a Bulgaria. Sorprendentemente perdieron ante los hebreos en París (2-3). Pero seguía bastando un simple empate en el partido final ante los búlgaros. El duelo caminaba hacia el final con el punto necesario (1-1).

 

   17 de noviembre de 1993. El Parque de los Príncipes suspiraba por el final. Falta favorable a Francia a la altura del lateral izquierdo de Bulgaria. Restan segundos para terminar el partido. David Ginola, el estilista, bota la falta directamente al corazón del área. Bulgaria aborta la ofensiva francesa e inicia su última ofensiva: cara o cruz. El tiempo irradia angustia. Se acaban las opciones. Kremenliev inicia jugada, la pelota llega a la altura de Lubo Penev, y el goleador grandullón envía un pase para la incorporación de Kostadinov. Partiendo desde la derecha rompe la línea de zagueros bleu, le toma la espalda a Alain Roche, Laurent Blanc intenta barrer la pelota en última instancia, pero asiste sin posibilidad de redención al cañonazo de Kostadinov. Bernard Lama nada puede hacer ante el imponente y preciso tiro del delantero búlgaro. Los diez segundos que restaban para el final del envite se perdieron en un ambiente de lamento. El fino David Ginola, el irascible Éric Cantona y el inevitable Jean-Pierre Papin perdieron el tren hacia metas más gloriosas. En la banda, tres ilustres ligados al equipo de Francia no daban crédito: Gérard Houllier, Aimé Jacquet y el mismísimo Michel Platini.

 

   Aquel día, en el centro del campo francés, asomaba un futbolista menudo, hiper dinámico, con el siete a la espalda. Era el capitán del Olympique de Marsella, que pocos meses antes había levantado la Copa de Europa en Munich. Apenas tenía 25 años y ya había sido capitán en su equipo formador, FC Nantes, así como en el de su consagración, Olympique de Marsella. Un meneur d’hommes, que dirían en Francia.

Sí, se trataba de Didier Deschamps, un futbolista a quien uno de sus formadores, Raynald Denoueix, no escatima elogios: “Llegó con 15 años a Nantes y pronto vimos que se trataba de un chicho muy inteligente. Entendía el juego de forma natural. Un día, estando yo al cargo del centro de formación, el entrenador del primer equipo, Jean-Claude Suaudeau, me pidió consejo para echar mano del filial. Necesitaba dos defensas para paliar las bajas del equipo mayor. Le recomendé que se llevara a dos chicos que ya mostraban una madurez impropia de su edad: Marcel Desailly y Didier Deschamps. El primero era fuerte; defensa puro. Didier, por el contrario, jugaba en el centro del campo. Pero, por inteligencia, podía desempeñarse como defensa, y así fue”. Marcel y Didier, amigos del alma, tenían 17 años cuando fueron reclutados para disputar aquel partido de la UEFA ante el Torino.

 

 

   En el momento en que Francia perdió la posibilidad de acudir a la Copa del Mundo de EEUU, Deschamps acumulaba mucha experiencia. Había que proyectarse hacia el futuro, y el horizonte le deparó el salto definitivo a nivel competitivo: Juventus de Turín. Volvía a Torino, pero esta vez para aparcar en la otra acera. Durante un lustro fue el rubio bianconero, escudero del futbolista que iba a enterrar la pesadilla de aquella terrible noche en el Parque de los Príncipes. Se unió a Zinédine Zidane para buscar el camino de la victoria.

 

   Deschamps define claramente al fútbol italiano como “la culture de la gagne”. En la Eurocopa de Inglaterra (1996), comenzó a cuajar la nueva Francia. Anteriormente hubo críticas al seleccionador, Aimé Jacquet, por haber dejado fuera de la lista a los tres ilustres: Ginola, Cantona, Papin. El seleccionador apostó por la nueva Francia de Zidane: espíritu colectivo por encima de cualquier otra cosa. Y todo ello, en medio de la eclosión de Cantona en el Manchester United. Era el referente absoluto de los red devils a mediados de los noventa. Pero no tuvo sitio en la selección, como tampoco lo tuvieron Ginola ni Papin. Comenzaba otra época, la del campeón mundial y europeo, un equipo dirigido por Jacquet, primero, contra viento y marea, por sus decisiones a la hora de configurar el equipo que iba a disputar la Copa del Mundo en su propio país (1998). Un grupo con espíritu de club, equilibrado, difícilmente abordable, con un mariscal en el eje: Didier Deschamps. Detrás suyo, el cuarteto defensivo más sólido que se recuerda en Francia, a partir del singular Fabien Barthez: eran Thuram, Blanc, Desailly, Lizarazu. Entre 1996 y 2000 jugaron juntos 28 partidos oficiales. No perdieron ninguno. En esos 28 encuentros encajaron 13 goles. Francia era un equipo de alta fiabilidad, con un eje medular tremendo: Emmanuel Petit algunas veces, y Patrick Vieira, otras, acompañaban a Deschamps, el regulador. Y sin un delantero fiable, los genios Zidane y Yuri Djorkaeff lideraban la ofensiva.

 

   Aquella generación, con un gran sentido colectivo, tocó techo una noche de verano en Rotterdam, en un final apoteósico ante Italia, en la Eurocopa 2000. El arranque de Robert Pires y el trallazo de David Trezeguet certificaban un triunfo agónico. Gol de oro.

 

   Al final del partido, con las gradas vacías, los futbolistas de la selección francesa andaban desperdigados por el campo, asimilando la apurada victoria ante los italianos. Y en una esquina, el seleccionador Roger Lemerre suplicaba a su capitán, Didier Deschamps, que no abandonara la selección. Le necesitaba para sujetar el equipo. Para liderar el vestuario. Pero el futbolista de Baiona había tomado la decisión de dejar la selección en  lo más alto, dando paso a gente como Vieira y Claude Makélélé. Una decisión irrevocable.

 

   Deschamps disputó 103 partidos con la camisola bleu, 52 veces como capitán. Apuró sus últimos días como futbolista defendiendo las camisetas del Chelsea y del Valencia, para comenzar a dirigir inmediatamente después. Era un entrenador en potencia. Llevó al Mónaco a la final de la Copa de Europa en 2004 (ganó el Oporto); ascendió a la Juventus a la Serie A y abandonó poco después el cargo por discrepancias con los dirigentes; volvió a hacer campeón de Francia al Marsella casi dos décadas después. Y, recientemente, optó por marcharse del club marsellés, al tener serios problemas con el director deportivo, José Anigo. Deschamps es carácter y liderazgo indiscutible.

 

   Desde que dejó la selección como futbolista han pasado por el banquillo de la selección Raymond Domènech, Jacques Santini y su amigo Laurent Blanc. Ellos se marcharon porque el espíritu del equipo se había resquebrajado. Aquello que añoran los franceses y confían que recupere el Mariscal de los campos a partir de su dilatada experiencia sobre el campo y en el banquillo.

 

 

 

 

                                                                                            Naxari Altuna (periodista)  Image  @naxaltuna



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