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El canto del gallo

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El canto del gallo
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   ImageSe le abrió el cielo a Francia, y con ello recupera su color. Era pálido antes del partido, negro se presumía el futuro inmediato; pero, finalmente, se produjo una explosión colectiva. Algo que en el balompié galo se echaba en falta desde hace mucho tiempo. La derrota ante España en Saint-Denis puso prácticamente imposible el pase directo al Mundial. Sus posteriores partidos de la fase clasificatoria desprendían un cierto aroma depresivo. Entonces volvieron los viejos reproches: que si Benzema lleva tantos partidos sin marcar, que si Nasri, y la tormenta que desató Evra hace un mes.

 

 

   El lateral izquierdo del Manchester United atizó sin contemplaciones a los críticos de diversa índole que rodean al fútbol francés. En el ojo del huracán, un periodista, algún técnico de renombre, y el llamado lobby del 98: los campeones del mundo que ejercen como comentaristas en diferentes medios de comunicación. Se palpaba el nerviosismo en el seno de la selección francesa. Didier Deschamps rehuyó entrar en la polémica: “es un problema entre el futbolista y los críticos”, se limitó a decir. El presidente de la federación, Nöel Le Graët, tuvo que pedir disculpas públicamente a alguno de los agraviados por Evra. El propio futbolista rectificó en algún caso, pero la carga de sus palabras ahondaron en el malestar general.

 

   El pasado martes, en la repesca ante Ucrania, no sólo estaba en juego el puesto del seleccionador; también se advertía un peligro evidente en el futuro de varios jugadores . Sobre todo, en el devenir de aquellos que sobrevivieron al famoso motín de Knysna, en Sudáfrica. Patrice Evra fue uno de los cabecillas de la rebelión que terminó con la carrera internacional de Nicolas Anelka y Jérémy Toulalan, entre otros. El exjugador del Málaga reconocía en una reciente entrevista, haber pagado los platos rotos de aquel incidente, y que cargaba con una especie de trauma. Francia perdía en el camino, probablemente, a su centrocampista más lúcido; un estratega de mucho nivel.

 

 

   De aquel equipo del Mundial sudafricano también se cayó posteriormente, por motivos futbolísticos, Yoann Gourcuff, etiquetado en su día como sucesor de Zinédine Zidane. El triste pasaje mundialista redujo la popularidad de los futbolistas internacionales a cotas muy bajas. La hinchada y los críticos de toda índole censuraron con dureza aquella rebelión contra el seleccionador Raymond Domenech. Algo se rompió en Knysna, algo que cambió la mirada hacia los futbolistas.

 

   Terminada la etapa de Domenech, Laurent Blanc era elegido nuevo seleccionador por aclamación popular. El líder silencioso de la generación campeona del mundo. Le Président. Un tipo diplomático, con carisma, que había ganado la L1 al frente del Burdeos. Su gran apuesta fue confiar de forma decidida en la famosa generación del 87, dispersa en su rendimiento, y arrinconada de la selección por su carácter complejo. Futbolistas aclamados desde la época juvenil, portaban un aura de estrellas prematuras. Encabezaba el grupo Karim Benzema, un futbolista de gran talento, pero que nunca ha terminado de calar entre la gente. Sus compañeros en las categorías inferiores del Lyon Hatem Ben Arfa y Loïc Rémy, el punta del PSG Jérémy Ménez, y el medio del Manchester City, Samir Nasri, completaban el grupo. La cosa parecía ir mejor a las órdenes de Blanc, pero la derrota en la Eurocopa ante Suecia provocó otro conato en el vestuario galo. Nasri, Ménez y Ben Arfa se salieron de la tangente y volvieron a asomar los viejos fantasmas. Una generación maldita.

 

   Benzema y Nasri, habituales en las convocatorias del actual seleccionador, Didier Deschamps, cargan con la antipatía que suscita la generación que estaba llamada a liderar el fútbol francés en los próximos años. Blanc claudicó tras la Euro’2012, con los fantasmas de Knysna revoloteando sobre los bleus, tras ver el comportamiento de varios futbolistas en Polonia y Ucrania. Entonces la apuesta fue por el líder más enérgico de la generación campeona del mundo. Didier Deschamps asumía el cargo tras una trayectoria exitosa en los banquillos: llevó al Mónaco a la final de la Copa de Europa, sacó a la Juventus de la Serie B, y convirtió al Marsella en campeón casi dos décadas después.

 

   El nuevo seleccionador de Francia, vistos los precedentes, implantó un código de régimen interno. A partir de su experiencia el el fútbol, forjada durante 30 años de dedicación en cuerpo y alma, desde que con 14 años entrara en el centro de formación del FC Nantes, DD tenía claro por dónde tenía que atajar el problema: desde la humildad, el trabajo, y el compromiso. En el camino se encontró con la escapada nocturna de varios internacionales sub’21, que viajaron desde Le Havre hasta París, en plena eliminatoria por el europeo de la categoría ante Noruega. Hubo sanciones duras, que implicaron entre otros a Antoine Griezmann. Aquello fue otro golpe a la maltrecha imagen de los futbolistas galos. La federación decidió disolver el equipo espoir, y la selección sub’20 subió un peldaño.

 

   El combinado absoluto, poco a poco, comenzaba a mejorar el nivel ante equipos importantes: España, Italia, Inglaterra… Y en esas asomaban dos perlas que relanzaron las expectativas de futuro del equipo: el central del Real Madrid Raphaël Varane, y el mediocentro de la Juventus Paul Pogba. Pero la selección francesa no terminaba de relanzar su figura y la relación con la afición no era buena. Su irregular trayectoria le privó de ser cabeza de serie en la repesca mundialista, y jugar contra Ucrania fue recibido como un mal menor. Hasta que se desencadenó la tormenta en Kiev. Una mala puesta en escena del equipo de Deschamps hipotecó muchas cosas: el prestigio, y sobre todo, el futuro inmediato del balompié galo.

 

   Tocaba “un partido total” en Saint-Denis, como calificó en la previa el técnico de Baiona. Y el equipo se rebeló. Los futbolistas dejaron de lado su lado disperso para, “tous ensemble”, como diría al final del partido Benzema, todos juntos, sacar adelante la eliminatoria. Hacían falta agitadores en el campo, y Francia sacó el alma. Tomaron el testigo Valbuena, Ribéry, Pogba, Matuidi y Sakho. Fue como una revuelta ante todo lo que ha pasado en torno a la selección francesa en los últimos años. Un alivio para Deschamps y sus futbolistas. “Esperemos que esta respuesta colectiva sea el inicio de un futuro mejor”, venía a decir el entrenador del Arsenal Arsène Wenger al final del partido. El Stade de France recuperó el grito por antonomasia de la hinchada tricolor que inmortalizaron los campeones del mundo aquella noche del 12 de julio de 1998: et un, et deux, et trois zéro!

 

   Pero Francia tiene mucho que revisar a nivel futbolístico. Necesita confirmar y reconfirmar una actuación como ante Ucrania, un partido jugado con frenesí. Al final del partido los futbolistas empaparon la zona mixta con champagne para escenificar con la prensa su liberación colectiva. La puerta del vestuario se mantuvo abierta durante buena parte de la celebración.

 

   El balompié hexagonal deja varios puntos para la reflexión: con un campeonato que comienza a ser exclusivo de los dos ricos (PSG y Mónaco), con sólo dos futbolistas en el once inicial de la selección ante Ucrania que juegan en el campeonato local, y una huelga patronal en ciernes por la disconformidad de las  tasas.

 

   La formación francesa mantiene su pedigrí, pero la selección absoluta tiene demasiadas aristas, que quizá sean el reflejo de la inestabilidad que viene transmitiendo el fútbol hexagonal. Nadie les quita el sufrimiento y  el posterior júbilo de la repesca. Es probable que los protagonistas salgan muy fortalecidos y todo mejore. Suele pasar.

 

   Por de pronto, el seleccionador Didier Deschamps ha renovado hasta el final de la próxima Eurocopa que organizará Francia en 2016. Nadie sabe lo que habría ocurrido ayer a eso de las once de la noche si no llega a resonar aquello de: et un, et deux, et trois zéro!

 

 

 

 

                                                                                     Naxari Altuna (periodista) Image @naxaltuna



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