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Que vuelva la Recopa!

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¡Que vuelva la Recopa!
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Las imágenes se veían oscuras, los archivos mantienen intacta la atmósfera que entraba en casa por el televisor. Al principio eran fragmentos en blanco y negro. Las gradas eran marciales. Tan sobrias que sobrecogían por la distancia. La diferencia horaria también hacía diferentes aquellos partidos de la vieja Copa de Europa, la antigua Recopa, o tan prestigiosa Copa de la UEFA.

 

   Tbilisi era una de las grandes capitales europeas del fútbol. Al otro lado del telón, los partidos del Dinamo eran misterio. El nombre del equipo cuando menos intrigaba: Dinamo Tbilisi. Era la época donde la selección de la Unión Soviética estaba repleta de figuras ucranianas y georgianas.

 

   En la temporada 1980/81 la Recopa nos ofreció una final insólita: Dinamo Tbilisi vs Carl Zeiss Jena. Se trataba de un torneo que juntaba a los campeones de Copa de los diferentes países europeos. Competían equipos de diversa procedencia y condición. Te podía venir el Dinamo de Minsk bielorruso y  pintarte la cara. Si no era Kondratiev, podía ser Aleinikov, aquel centrocampista bigotudo que terminó firmando por la Juventus, quien te dejara fuera.

 

   Recuerdos imborrables de aquel Dymano de Kiev excelso, campeón de la Recopa a mediados de los setenta; pero, sobre todo, victorioso en Gerland ante el Atlético de Madrid, en la misma competición, una década después. Demianenko. ¡Qué delicia!

 

   Jugaba el Dinamo Tbilisi una fría noche, oscura y gris como el escenario, con la enorme pantalla luminosa  al fondo que anunciaba la presencia de un equipo insular, simpático: el Bastia. Roger Milla era el bastión de la delantera corsa, equipo que tres años antes había disputado la final de la Copa de la UEFA ante el PSV Eindhoven de los hermanos Van der Kerkhov. Pero ese día, sobre el vetusto estadio de la capital de Georgia, voló un equipo imperial. El grupo comandado por Chivadze, Kipiani, Daraselia y Shengelia. Los mismos que torpedearon en la final de la Coupe des Coupes al Carl Zeiss Jena alemán, en Düsseldorf. Un cuarteto de lujo. Columna vertebral de una formación grande de verdad.

  

   A Fernando Chalana no se le congeló el bigote en Dnepropetrovsk de milagro una noche de invierno. El Girondins de Burdeos estiró la eliminatoria hasta la tanda de penaltis, y el artista portugués convertiría el lanzamiento decisivo, con la pierna derecha. Un mediocampista como pocos. Aimé Jacquet estaba en el banquillo tiritando de frío, en aquellas estaciones de otra época, cuando jugar contra cualquier equipo europeo era una aventura. Todo era posible. Era el fútbol de nuestros primeros días, el que sorprendía con clubes remotos capaces de discutirle la pelota al más afamado.

 

 

   Y en esas, asomó Gérald Passi una tarde-noche por el Stadium Municipal. Era el futbolista efervescente del Toulouse, un equipo con no demasiada solera por entonces, que se presentaba en Europa de forma desenfadada. Agarró la pelota el hermano mayor de Frank, ex del Compostela, para trazar un partido memorable ante Rinat Dassaev. Ni más ni menos. Pero el rival era mucho Spartak y dio buena cuenta de los franceses en Moscú.

 

   Conmovía, al mismo tiempo, el fútbol de autor que proponía Jose Toure. El brasileño, le apodaban en Francia. Fue adalid de la sutileza en las noches europeas del Nantes, allá por los primeros pasos de la Beaujoire. Y recordamos, cómo no, al viejo Saint-Etienne. LesVerts. El equipo de Osvaldo Piazza y tantos otros.

 

   Cuando veíamos la media melena rubia de Jan Ceulemans volar a la carrera con la pelota, creíamos asistir a un akelarre. Con el Brujas era posible. ¿Quién era más seductor, el Brujas de Ceulemans, el Anderlecht de Morten Olsen o el Standard de Gerets? Cualquier cosa era posible. Desde jugar finales, hasta ganar o perderlas.

 

   ¡Y aquel día en que el israelí Eli Ohana tumbó al Ajax de Bergkamp en una final europea! Siempre la Recopa. El campeón fue un equipo flamenco, el KV Mechelen. Pero para Eurovisión era el Racing de Malines. Así lo rotularon las televisiones del viejo continente, y ello provocó malestar en la delegación flamenca. Viejas historias, entrañables, de cuando se competía en abierto.

  

   Todo ello viene a colación al recordar unas palabras del Michel Platini, cuando se postulaba como presidente de la UEFA, en las que afirmaba que el fútbol europeo debía ser más justo con aquellos países víctima de la modernidad balompédica: índices correctores, peajes inabordables en forma de fases previas... Más desventajas, a fin de cuentas.

 

   Somos de los que vimos jugar bajo el mismo escudo a Gregorz Lato y Preben Elkjaer Larsen, algo que hoy sería impensable en un equipo como el Lokeren. Eran los tiempos del Platini futbolista. Instantáneas en muchos casos en blanco y negro, recuerdos de competición pura y dura, duelos directos, menos desiguales, con equipos de raíces profundas. Horas de espera en las puertas de un vetusto campo daban para imaginar situaciones y sentir que era posible medirse de igual a igual con los más ilustres.

 

   El inconfundible sonido de las bocinas confluía en un arrebato ensordecedor que anunciaba partido europeo de los de verdad. De rompe y rasga. Con campos curvados por un peralte, como en Lieja, y alguna otra reminiscencia de los viejos velódromos que recordaban antiguas gestas sobre ruedas. El encanto de la diversidad.

 

   Ahora el frío y la bruma desaparecen por encima de techumbres y estructuras de última generación. Ya no hay horas de espera en las puertas de un campo imaginario y muchos de los equipos que subían las escalerillas ya ni constan. El inventario del fútbol actual comienza por los números gruesos que cuelgan de los escudos jalonados de estrellas. Pero siempre nos quedará el Dinamo Tbilisi.

 

    Daraselia y Shengelia siguen jugando y marcando goles en las viejas cintas de fotogramas.

 

 

 

 

                                                                                  Naxari Altuna (periodista) Image @naxaltuna



COMENTARIOS

genial
19/06/16 09:17AM

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