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El espíritu de Sócrates
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mundial brazil 2014Recordamos con dulzura aquellos años en que Brasil vivía el fútbol con alegría, de forma desinhibida, a ritmo de samba y esplendor auriverde. Recordamos al grupo de Telé Santana aquella calurosa tarde en Sarriá, jugando alegremente, sin advertir la presencia de un ave rapaz de vuelo ligero. Ese día Paolo Rossi planeó por el césped como un águila imperial, con tres zarpazos que lastimaron el sentir de la hinchada. La gente palpitaba con el juego de la selección canarinha, comandado por el estilizado Sócrates. Un filósofo de la vida y del fútbol. El Doctor Sócrates le llamaban. Doutor da Bola.

 

   Con su 34 de pie y longilínea figura, llenaba los ojos y corazones de la gente a base de pase, conducción y poderosa llegada al área. Acariciaba la pelota con la misma sensibilidad que trataba a  l@s niñ@s necesitados en su consulta de pediatría. La pelota era el toque místico de una personalidad deslumbrante que entendía la vida de otra manera. No podía ser que alguien coartara la libertad de decisión, impusiera la injusticia y alimentara la desigualdad.

En plena dictadura, alzó el brazo junto a sus compañeros del Corinthians para proclamar otra manera de vivir. Rompieron amarras al grito de “¡Direitas ja!”, reclamando elecciones libres y profundos cambios sociales. Ellos fueron el motor del cambio que promovía una democracia participativa. Corinthians salió campeón de la mano de Sócrates con una organización asamblearia: cualquier decisión del club se tomaba de forma consensuada, sin jerarquías. La Democracia Corinthiana caló en la sociedad brasileña a través del fútbol, y nadie olvida a su gran capitán; al centrocampista de imponente figura, puño en alto, exigiendo justicia.

 

   Sócrates se fue porque quizá ya no conectaba con este mundo; con este planeta fútbol que ha olvidado tardes como las que él protagonizaba con la pelota. A pesar de verse sorprendido alguna vez por la fatalidad; el infortunio de toparse con un contrario en estado de gracia, llámese Paolo Rossi o como se quiera.

 

   El domingo que anunciaba la muerte del ídolo, la hinchada corinthiana levantó el puño en señal de reconocimiento a quien luchó por una sociedad más justa, a través de algo tan universal y genuino como la pelota.

 

   Ellos avanzaban juntos, de forma armoniosa. Junior podía sacar la pelota desde el fondo, acostado en la izquierda. Y siempre encontraba un amigo para compartirla: podía ser Cerezo, como Eder, Falcao, el propio Sócrates o Zico. Brasil en estado puro. Eran los embajadores del fútbol. Hasta que se fueron diluyendo.

 

   Llegaron otros tiempos. Pensaron que los europeos tenían la fórmula para ganar y Brasil empezó a jugar a otra cosa. De Lazaroni a Scolari, pasando por Parreira y Dunga. Los delanteros suplantaron a los grandes medios, con Bebeto, Romario y Ronaldo a la cabeza. Dos estrellas fugaces más como dos fogonazos cayeron de la mano de los goleadores. Pero cuando Brasil pierde, es como una hecatombe, sin nada a que aferrarse. Cuando muerde el polvo los seleccionadores son denostados al grito de “¡¡¡retranqueiro!!!”. Le pasó a Dunga en Sudáfrica.

 

   Brasil jugaba para el pueblo, como lo hacía Garrincha cuando arrancaba una sonrisa a la gente. Ahora busca ganar para alimentar el palmarés del país del balompié. Pero sus gentes no lo fían todo a la pelota. No todo vale por el fútbol. La calle reclama el espíritu de Mané Garrincha o Sócrates: alegría y mejora social en tiempos de mercadotecnia. Brasil es un gigante muy desigual que reclama mejores condiciones de vida, y si no gana su selección volverán a gritar aquello de: “¡¡¡retranqueiro!!!”.

 

 

                                                                                  Naxari Altuna (periodista) Image @naxaltuna



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