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Cuarto menguante
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martin lasarteComo el ciclo lunar, así transcurre la temporada de la Real. Arrancó en cuarto creciente, lució redonda y dichosa durante varios meses, y se durmió en los laureles.

   Cuando el conjunto txuri-urdin volvió a Primera, lo hizo entre vítores y loas, como 43 años antes en Puertollano. Pero la temporada en Segunda fue muy sinuosa, con lagunas importantes en aspectos del juego. Sobre todo lejos de Anoeta. El equipo estuvo prácticamente una vuelta entera sin ganar a domicilio, y hasta cerrar virtualmente el ascenso en Cádiz, había que remontarse al último partido de la primera vuelta fuera de casa, en Balaídos, para recordar una victoria lejos de casa. En Vigo la Real ganó por la mínima a un equipo que disputó toda la segunda parte con diez jugadores, y un futbolista de la plantilla txuri-urdin reconocía que “nos han pasado por encima. Entraban por todas partes, sin manera de poder pararlos…”. Fue la tónica de la segunda vuelta, felizmente resuelta, pero con momentos de incertidumbre a la hora de enfilar la recta definitiva. Recuerdo aquel partido en Anoeta ante el Villarreal B, aclarado muy al final con un gol de Mikel González, y visualizo la cara de los dirigentes en el preciso instante que el colegiado pitó el final del encuentro. Luego llegaría la victoria en el Ramón de Carranza y el remate, en la penúltima jornada de Liga en Anoeta, ante elCelta. Fue una vuelta llena de aristas.

 

Cuando se dan circunstancias de este tipo, quien más quien menos busca referentes para retomar un camino que no has frecuentado durante tres años. Hay un salto importante de Segunda a Primera. En calidad competitiva, evidentemente, reflejada en una mayor velocidad de ejecución; y sobre todo, se nota en la definición. Un mundo nuevo se abre a los ojos.

   Enseguida asoma el ejemplo del Sporting de Gijón en el espejo. El conjunto asturiano estuvo once años en Segunda. Los rojiblancos habían descarrilado hace tiempo, cuando abrieron vías desconocidas, perjudiciales para su prolífica política formativa. Purgaron sus errores, volvieron a creer en la escuela de Mareo, y no sin sufrimiento, retornaron a la élite.  Padecieron, de otra manera, su readaptación a la máxima categoría. En su vuelta a Primera, les metió seis el FC Barcelona en el Molinón, siete el Madrid en el Bernabéu… Fueron de menos a más. Aguantaron el tipo y creyeron en sus principios,  forjando un carácter sustentado en una idea de juego definida, que les llevó a la salvación en el momento final del campeonato. Pelearon todo el año con la soga al cuello. Desde entonces el equipo ha ido evolucionando, con altibajos que ha sabido aplacar sin estridencias.                                                                                                   

   Muchos de los jugadores que comenzaron la nueva andadura en Primera habían protagonizado el ascenso. Bastantes forjados en Mareo, con el aporte de experimentados futbolistas de pedigrí como Rivera, por ejemplo. Para Canella, Lora, Botía, Míchel, Diego Castro, Barral, etc. Era  la primera experiencia de verdad en un equipo de Primera. El estreno fue complicado. Todos los sentidos estaban puestos en la permanencia, sin ninguna posibilidad de despiste.

   La Real ha vivido un escenario totalmente diferente. Comenzó sacando resultados. Le ganó, de salida, al Villarreal, uno de los gallitos. Luego le plantó cara al Real Madrid en Anoeta. Todo ello con un juego entusiasta, de apretar arriba, con la mente todavía en estado de efervescencia por el ascenso. Muchos partidos a cara o cruz salieron con la sonrisa de victoria. La moneda pocas veces pasó de refilón, pero el canto se iba afilando ante el despiste generalizado. Y el canto, en Primera, puede afilarse tanto como la cuestas del Mortirolo.

   Mucha gente que no sigue el día a día de la Real tiene en su memoría el partido de Anoeta ante el Madrid, y habla del equipo desde aquel recuerdo. Posteriormente se le ganó al Athletic, en uno de los duelos más esperados de la temporada. Fue un choque horrible, que sirvió para seguir alimentando los cantos de sirena. La Real vivía su mejor racha de resultados. Y llegaron las odas: que si una línea de tres ofensiva de muchos kilates, un portento de portero, delanteros de envergadura, campañas para renovar a Rivas y Tamudo… Y sin percatarse, el equipo se fue descomponiendo por el eje. Sobre todo por el eje central. Los zagueros no salen, los medios centros reculan, y el estilete del equipo, el delantero centro activador, se lesiona. Rivas se inventa un sainete, comienza a aparecer Illarramendi, luego desaparece, como Agirretxe, cambian las parejas de centrales, se enredan los medios centros, llega el partido de Riazor, se toma la derrota como un borrón inadmisible, se intentan apretar los machos, y la situación desemboca en el actual escenario: un punto de dieciocho posibles. Cinco derrotas consecutivas, el segundo equipo más goleado de la categoría con el Almería, sólo superados por el Málaga, y preocupación, mucha preocupación. Porque el equipo hace tiempo que dejó de ir. Quizá pensó que  todo estaba hecho, y más cuando alguien comenzó a mirar más allá del siguiente envite (a Europa). Llegó la confusión y entonces se apeló al rey de los tópicos (una suerte de demagogia futbolística): “el equipo no está bien físicamente”. Cómo se corre, esa es la cuestión. La Real no perdió ante el Málaga y el Hércules en Anoeta por correr menos. Es un problema de contenido. ¿Cómo es posible que este club, teniendo el privilegio de contar un día con Raynald Denoueix,  lo despidiera? El domingo llega el Sporting, y luego la Semana Santa. Mientras, el ánimo va menguando, a ritmo decreciente, como la luna. 

 

 

                                                                                                       Naxari Altuna (periodista)  naxari altuna



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