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La sonrisa permanente, asociada a una mirada limpia, un verbo sincero, y el compromiso por la sencillez, dejan una huella imborrable. Cuando alguien consigue que los demás mejoren a través de su conocimiento, saber estar y dominio natural de la situación; cuando devuelve el agradecimiento con más tardes de magisterio; cuando los ojos miran y advierten que todo fluye porque él se sacrifica como dique de sujeción y explorador de caminos; cuando conoce la gloria, cae al sótano, no abandona y lucha por intentar la reconstrucción, merece verse reflejado en un espejo. Sería el retrato de un ser ejemplar, alguien referencial, cuya esencia sirve para recordar la ruta a seguir en los días de duda.
El caso que nos ocupa recuerda a Mauro Silva, por muchos motivos: procedencia, posición, influencia, bondad… El antiguo mediocampista brasileño del Deportivo llegó en 1992 a la Liga, procedente del modesto Bragantino. Colaboró de forma decisiva en el crecimiento de un equipo que había pasado muchos años encerrado en el cofre de plata. El mediocentro, metrónomo audaz, contagiaba naturalidad y sencillez; impartiendo sabiduría, sin presumir por ello, para liderar desde el eje del campo la edad de oro del once blanquiazul. Mauro Silva fue el faro de las ilusiones sobre el terreno durante 13 temporadas. Su huella se convirtió en línea a seguir. Un legado incomparable. Hablamos de un campeón del Mundo que alcanzó cosas mucho más importantes en el fútbol: el respeto y el cariño incondicional de la gente.
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El Olympique Lyonnais (OL) no ha podido encadenar su decimotercera participación consecutiva en la Liga de Campeones. Aquel duelo convertido en clásico, ante el Real Madrid, con el francotirador Juninho Pernambucano a la cabeza, son buena parte del recuerdo.
El conjunto francés conoció sus mejores años en los albores del siglo XXI, con siete títulos de Liga consecutivos: los primeros de su historia. En los últimos tiempos, Burdeos, Marsella, Lille y Montpellier le habían desplazado del trono, pero, por lo menos, era un asiduo de la Copa de Europa. Ahora disputará la Europa League, un plato menor, teniendo en cuenta su exigente paladar.
Jean-Michel Aulas, propietario del club, se hizo con las riendas del OL en 1987, por aquel entonces en Segunda división. JMA diseñó un plan a medio y largo plazo para colocar, primero, en el mapa futbolístico hexagonal a una de las ciudades francesas de referencia; y, posteriormente, hacerse grande en Europa.
El Lyon accedió a la Primera división en 1989. Dirigido por Raymond Domenech desde el banquillo, el joven Rémi Garde (actual entrenador) capitaneba la nave sobre el terreno de juego, y el prolífico goleador Eugène Kabongo era el estilete. El club iba creciendo, poco a poco, sin prisa por coronarse. Los objetivos deportivos estaban directamente relacionados con un plan de negocio ambicioso.
Aulas siempre fue un tipo astuto: empresario de peso que fue adquiriendo influencia en el balompié galo. Iba haciendo camino, de forma sigilosa, en medio de la gran batalla por el poder que enfrentaba a Claude Bez y Bernard Tapie, máximos dirigentes de los clubes grandes de la época: Burdeos y Marsella.
El Lyon vivía lejos de los gigantes; aún transitaba a distancia de otros ilustres, como el Mónaco, PSG, Nantes; pero la diferencia con respecto a la clase media tradicional (Lens, Metz, Lille, Nancy, Auxerre, Sochaux…) iba menguando. El crecimiento del OL era paulatino.
Diez años antes se dio otro caso, con un trasfondo diferente, en el fútbol francés. Hablábamos del Auxerre como parte de la clase media, tras años de desarrollo sustentado en el trabajo de cantera. Formación y una política de fichajes audaz elevaron al club borgoñés a la élite del fútbol francés. El caso del Lyon no era similar. Si bien siempre tuvo un centro de formación destacado, el hecho de que buena parte de sus jóvenes talentos se fueran marchando apuntaba una clara tendencia a buscar nombres para cambiar de dimensión. Cuando el Lyon estaba a punto de revertir su historia, canteranos de la talla de Florian Maurice, Frédéric Kanouté, Ludovic Giuly o Steed Malbranque fueron vendidos, futbolistas todos ellos internacionales.
El primer golpe de efecto del presidente Aulas se produce el verano de 1999, cuando consigue fichar al delantero brasileño del FC Barcelona Sonny Anderson. El famoso pistolero del área tenía un gran cartel en Francia tras su paso por Marsella y Mónaco. Fue una especie de símbolo en la nueva era del Lyon. El club acariciaba los títulos. En la temporada1998/99 se había entrometido en el pulso Burdeos-Marsella (reedición de los 80) por el título de liga, que finalmente ganarían los aquitanos en un último partido apoteósico en el Parque de los Príncipes ante el PSG. Más grande fue la decepción de los lyoneses por no haber podido disputar la final de la UEFA, eliminados en plena carrera por el Bolonia de Giusseppe Signori.
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La banca privada ya tiene dónde buscar liquidez. Si necesita dinero fresco que llamen a la puerta del Arsenal y pregunten por Monsieur Arsène, jefe del banquillo gunner; ése que multiplica el valor de sus futbolistas desde el momento en que se pone manos a la obra. A veces falla en sus pronósticos, pero su alto índice de acierto le eleva a figura de gerente en el conjunto londinense. En el fútbol no se vió nada igual: ni Pinto Da Costa, presidente del Oporto, ni Jean-Michel Aulas, homólogo del Lyon… Arsène Wenger es el rey Midas del balompié. Sus primeros fichajes, allá por 1996, fueron para ganar tiempo: Gilles Grimaldi, Rémy Garde… Los siguientes, para comenzar a ganar títulos: Emmanuel Petit, Patrick Vieira, Thierry Henry… Y los más recientes para financiar el nuevo estadio: Cesc Fàbregas, Robin Van Persie, Alexandre Song… Y además le da para seguir remozando su plantilla con fichajes de gran valor (Santi Cazorla) y continuar en el big-four de la Premier League.
Wenger va para diecisiete años en el banquillo del Arsenal. Ha ganado la Premier, la FA Cup, la Charity Shield, disputando dos finales europeas: la UEFA en el año 2000 y la Copa de Europa en 2006, saliendo derrotado en ambas, a manos del Galatasaray y el FC Barcelona, respectivamente. Todos esos títulos llegaron cuando el conjunto del norte de Londres jugaba como local en el viejo y entrañable Highbury.
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- 4.5 / 2
Como los entrañables Pedro y Pablo, los clubes de la Liga buscan el sustento en sus canteras, debajo de las piedras. Y los que no tienen un vivero fértil, a vivir de préstamo o buscando oportunidades a coste cero: otro concepto que adquiere vigencia por mor de la coyuntura económica. Es la palabra mágica.
Hace unas semanas el histórico Glasgow Rangers, con 54 títulos de liga en Escocia, cayó a la última categoría profesional producto de un descenso administrativo, consecuencia directa de los 166 millones de euros de deuda acumulada. El conjunto de Ibrox Park tardará, por lo menos, tres años en recuperar la máxima categoría. Hoy es el día que campa su lujoso palmarés por los pequeños campos de la campiña. Los clubes profesionales escoceses decidieron por unanimidad la pérdida de categoría del gigante, “por justicia deportiva”. Es un ejemplo de seriedad y coherencia; de ética e higiene. El fútbol no puede ser ajeno a ninguna circunstancia punible. Todo el mundo ha de asumir sus responsabilidades.
Hace un par de semanas se produjo una polémica verbal sonrojante en los medios de comunicación entre dos dirigentes del fútbol español. El vicepresidente de la patronal, Javier Tebas (verdadero factótum de la LFP; asesor de tantos clubes en la triste Ley Concursal), y el presidente del Atlético Madrid, Enrique Cerezo, avivaban el fuego del desmán futbolístico hispano. Entre los llamados “rebeldes” también hay irresponsables que acumularon despropósitos para llevar a sus clubes a una situación insostenible. SAI: sociedades anónimas impunes. Con los agravios contractuales de televisión y el delirante calendario de horarios en agosto como trasfondo, Cerezo se disfrazó de sindicalista y el vicepresidente de la patronal, abogado de profesión, amenazaba expeditivo: “… Hay que perdonarle, no se entera. No sabe ni lo que su club debe a Hacienda: más de 150 millones”. Lo dice un letrado, vicepresidente de la Liga del Fútbol Profesional ¡¡¡Y no pasa nada!!!
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- Hablemos de los resortes para la transferencia del conocimiento.
M. Etxarri: “Siempre me he preocupado por la enseñanza, con las metodologías de transferencia, para buscar y evolucionar ese método que mejore el rendimiento del futbolista. Eso es lo que me ha preocupado, sobre todo en los últimos doce años, más que pensar en alinear, entrenar, ejercer como entrenador… Me ha ocupado más la enseñanza de cara al entrenador. Porque después de 23 años dirigiendo, creo que el verdadero talón de Aquiles es CÓMO conseguir esa transferencia de la mejor forma posible. Voy buscando, hablando y analizando con el resto de entrenadores, para llegar a describir conceptos que son independientes de los sistema innerentes al propio juego, con el espacio, la velocidad y el tiempo como base. El objetivo es ser capaz, a través de la observación, de describir conceptos, algunos de aspecto positivo y otros negativo; buscar la forma más fácil de transferirlos, para que lo entiendan los jugadores. Una de las mejores metodologías de enseñanza eran las de Menotti. Recuerdo un libro que escribió hace 25 años. Estimo que a través de frases cortas se pueden transmitir de forma efectiva conceptos que tengan contenido y sirvan como reflexión para el entrenador. Es un buen punto de partida para llegar a conclusiones.
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2010eko ekainaren 22an zalaparta zen nagusi Anoetan. Joseba Llorenteri ongietorria ematera hurbildu ziren hainbat zale. Alaba txikia besoetan atera zen zazpi urte lehenago utzi zuen berdegunera: Eibarren, Valladoliden eta Vila-Realen zaildu zen, Realera itzuli aurretik. Ibilbide oparoa egin zuen etxetik at, Bigarren mailan lehenengo, Lehen mailara iritsi eta Txapeldunen Liga jokatzeraino: hat-trick-a egin zuen behin Aalborgen aurka, Vila-Realeko aurrelari zela. Urrearen distira utzi Castello aldean eta txuri-urdinera aldatu zuen larrua, betiko izango zelakoan. Jokin Aperribay presidentea albo batean; Loren, kirol zuzendaria, bestean. Denak pozik, seme kuttuna etxera itzuli izan balitz bezala.
Aurreko aroan, Darko, Nihat eta De Paula zituen aurretik. Gazte mailan Zubietan zuzendu zutenak bat zetozen: “Llorentek, aurretik hemen izan genuen beste Joseba haren traza dauka. Argia, bizia, lotsagabea, zorrotza”. Hondarribian billaba esaten duten horietakoa zen Llorente. Horrelakoa izan zen Joseba Etxeberria berdegunean eta antzeko nortasuna iritzi zioten Llorenteri.
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Suenan estrofas de Georges Brassens por las calles de París. Los adoquines de los Campos Elíseos asoman relucientes, como tepes de hierba húmeda. Los sueños se deslizan por la ciudad de la luz merced a la nueva dimensión que adquiere su equipo de fútbol; un club que pretende convertirse en marca registrada: PSG.
El Paris Saint-Germain es una entidad con más fama que palmarés. Aún no ha alcanzado el medio siglo de vida, y sólo cuenta con dos títulos de Liga (1985/86, 1993/94). Sus grandes ídolos son de otro tiempo. Los más recordados se emparejaron en la medular del primer equipo campeón: Luis Fernández y Safet Susic. El equipo que ganó la segunda Liga quizá tuviera más glamour, con gente como Ricardo Gomes, Valdo, Ginola, Rai y George Weah. Aquel grupo de futbolistas se convirtió en la bestia negra del R. Madrid y FC Barcelona en la Recopa y la Copa de Europa a golpe de fútbol, gracias, en buena medida, al equilibrio que procuraban dos medios silenciosos y audaces en su desempeño: el capitán Paul Le Guen y el todoterreno Vincent Guérin. Un equipo con mucho lustre sujetado por dos diques imprescindibles.
Luis Fernández, el gran ídolo de los primeros años sobre el verde, guió a los parisinos a su primer triunfo continental desde el banquillo: la Recopa de 1996. Los jugadores más brillantes se habían marchado y la gran estrella llegó de Mónaco: Youri Djorkaeff. Desde entonces, el PSG colecciona disgustos ligueros, casi de la mano del Marsella, con el dulce regusto de alguna copilla. París se ha especializado en las copas locales (Coupe de France y Coupe de la Ligue). Durante casi dos décadas, los capitalinos han visto como el título liguero discurría por Nantes, Auxerre, Mónaco, Lens, Burdeos, Lille, Marsella o Montpellier. El PSG siempre terminó fichando a los animadores del torneo anterior, pero la impaciencia y su complejo contexto terminaban por desactivar las ilusiones del eterno aspirante.
El último gran futbolista del equipo era el brasileiro Nene. El atacante zurdo ha completado dos muy buenas temporadas en París, totalizando 45 goles y 18 pases definitivos. El antiguo futbolista del Deportivo Alavés, entre otros, lucía el diez a la espalda: el número que siempre ha ilustrado a los grandes. Pero alguien que amenaza con suplantar a la mismísima Torre Eiffel, por altura de miras y atractivo futbolístico, amenaza con arrebatarle el número fetiche. El París Saint-Germain cambia de dimensión con la fortuna procedente de Qatar, relegando a un segundo plano al futbolista que le ha dado vida estas dos últimas temporadas: el rendimiento de Nene ha estado muy por encima del fichaje más costoso de la historia del club, Javier Pastore (42 millones de euros).
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Aquella fría noche de noviembre todos aprendieron algo muy importante de forma dolorosa. La carrera de Emil Kostadinov cortaba de raíz las posibilidades de una generación en pleno apogeo. Era la época de los tres ilustres, cada uno a su manera. Uno acariciaba la pelota como la seda, otro era l’enfant terrible, y el tercero tenía un cañón tan certero como una bota de oro. Era el goleador por antonomasia.
A Francia le faltaban segundos para validar su billete mundialista. Hablamos de la Copa del Mundo de 1994 en Estados Unidos. Sólo necesitaba un punto en sus dos últimos partidos como local: primero jugaba contra Israel en el Parque de los Príncipes, para terminar la fase de clasificación recibiendo en casa a Bulgaria. Sorprendentemente perdieron ante los hebreos en París (2-3). Pero seguía bastando un simple empate en el partido final ante los búlgaros. El duelo caminaba hacia el final con el punto necesario (1-1).
17 de noviembre de 1993. El Parque de los Príncipes suspiraba por el final. Falta favorable a Francia a la altura del lateral izquierdo de Bulgaria. Restan segundos para terminar el partido. David Ginola, el estilista, bota la falta directamente al corazón del área. Bulgaria aborta la ofensiva francesa e inicia su última ofensiva: cara o cruz. El tiempo irradia angustia. Se acaban las opciones. Kremenliev inicia jugada, la pelota llega a la altura de Lubo Penev, y el goleador grandullón envía un pase para la incorporación de Kostadinov. Partiendo desde la derecha rompe la línea de zagueros bleu, le toma la espalda a Alain Roche, Laurent Blanc intenta barrer la pelota en última instancia, pero asiste sin posibilidad de redención al cañonazo de Kostadinov. Bernard Lama nada puede hacer ante el imponente y preciso tiro del delantero búlgaro. Los diez segundos que restaban para el final del envite se perdieron en un ambiente de lamento. El fino David Ginola, el irascible Éric Cantona y el inevitable Jean-Pierre Papin perdieron el tren hacia metas más gloriosas. En la banda, tres ilustres ligados al equipo de Francia no daban crédito: Gérard Houllier, Aimé Jacquet y el mismísimo Michel Platini.
Aquel día, en el centro del campo francés, asomaba un futbolista menudo, hiper dinámico, con el siete a la espalda. Era el capitán del Olympique de Marsella, que pocos meses antes había levantado la Copa de Europa en Munich. Apenas tenía 25 años y ya había sido capitán en su equipo formador, FC Nantes, así como en el de su consagración, Olympique de Marsella. Un meneur d’hommes, que dirían en Francia.
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El fútbol tiene un nuevo El Dorado: China. Su irrefrenable crecimiento económico amenaza con alterar el orden del firmamento balompédico. Antes fueron la J-League y la MSL; ahora el reclamo llega desde los paises del Golfo y China, merced a su temendo poder adquisitivo.
Darío Conca es un centrocampista argentino que despuntó en el Fluminense. Hace un año fue transferido al Guangzhou Evergrande chino, convirtiéndose en uno de los diez futbolistas mejor pagados del planeta. Doce meses después desea volver a Brasil. Mientras, el Guangzhou Evergrande se encuentra inmerso en la Asian Champions League; un equipo que no escatima esfuerzos a la hora de fichar grandes celebridades: su entrenador es el italiano Marcelo Lippi. El conjunto chino competirá con el Al Ittihad saudí que dirige Raúl Caneda en los cuartos de final del máximo torneo asiático de clubes.
Hace un par de semanas Didier Drogba ponía rumbo a Shanghai. El delantero costamarfileño rompió la banca con un contrato infinito en ceros. Se unía al Shanghai Shengua de su antiguo compañero en el Chelsea Nicolas Anelka. El francés fue entrenador del equipo durante varias semanas, hasta que ficharon al técnico argentino Sergio Batista. También desde la Premier League llega al Guangzhou R&F otro delantero poderoso:Yakubu Aiyegbeni, procedente del Blackburn Rovers. Sus emolumentos se equiparan al de las grandes estrellas de los campeonatos europeos.
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La última gran tormenta del balompié transalpino descargó sobre Coverciano pocos días antes de arrancar la Eurocopa. Se hablaba más de fiscales, quinielas y amaños que de la squadra azzurra. El lateral izquierdo de la selección, Domenico Criscito, abandonaba la concentración tras haber sido implicado en una presunta red de amaños. Se habló también de Leonardo Bonucci, y de repente el asunto tomaba mayor calado cuando asomó el nombre del guardameta y capitán Gianluigi Buffon. Asuntos turbios envolvían al fútbol italiano, otra vez, antes de una gran cita. Como el totonero en el Mundial de España; el Calciopoli en la antesala de la Copa del Mundo de Alemania. E Italia salió ganadora en ambos torneos. El cielo se hizo azul.
Esta vez la empresa parecía más difícil todavía. Con un campeonato italiano gris, sin grandes noticias a nivel de jóvenes talentos, con estadios desvencijados, y pésimos resultados en Europa. Inter, Napoli y Milan se apearon del tren de la Champions en las primeras estaciones; y en la Europa League el panorama había sido desolador. Nada que echarse a la boca. Sin embargo, la Nazionale venía de realizar una campaña de clasificación para el europeo impecable.
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Faltaban pocos días para el inicio del torneo. El norte de Europa aguardaba a las ocho selecciones clasificadas para disputarse el cetro continenal. Alemania quizá fuera la máxima favorita, por aquello de las sensaciones. A lo mejor había algún otro equipo tan bien o mejor dotado. Hasta que se difuminó la estrella roja.
Ivica Osim (bosnio) tomó la palabra. A su derecha, Miljan Miljanic, toda una institución. Con la voz sobrecogida por la decepción, el seleccionador que había llevado a Yugoslavia hasta los cuartos de final del Mundial italiano expresaba su sentimiento ante la decisión de Naciones Unidas: el fútbol yugoslavo quedaba bloqueado, sin poder participar en la fase final de la Eurocopa en Suecia (1992). La guerra de los Balcanes ponía en cuarentena, probablemente, a la mejor generación plavi que se recordaba. No había posibilidad de reconsiderar el dictamen.
Unos meses antes, en medio de las disputas, la federación de las seis repúblicas (Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Eslovenia, Macedonia) y las dos regiones autónomas (Kosovo y Vojvodina), con cinco idiomas oficiales, veía cómo la selección que aglutinaba al conglomerado se metía entre las ocho mejores de Europa. El equipo era una mezcla de veteranos con mucho vuelo y la generación campeona del mundo sub’20 en Chile, cinco años antes.
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La locura colectiva se desató en torno a la eterna figura del Marqués de Pombal aquella calurosa noche de junio en Lisboa. Circulaba la alegría calle abajo con sonido de claxon y garganta desgarrada. Portugal había noqueado a Inglaterra desde los once metros merced a la pericia de Ricardo Corazón de León, guardameta por aquel entonces del Sporting CP, hijo predilecto de Montijo. Mientras sus vecinos vitoreaban las paradas del guardarredes, en una de las aceras que abrazan al Marqués de Pombal miradas discretas, ajenas a la fiesta, hacían suyo aquel jolgorio, como un reto imposible. Eran los futbolistas de la selección de Grecia, que dejaron sus habitaciones para activar el ánimo con el entusiasmo local. Ellos ya habían derrotado a Portugal en el partido inaugural; sin embargo, avanzaban ante el descrédito general. El siguiente envite siempre parecía el último.
En la víspera del partido inaugural aterrizamos en Oporto. A un lado Vilanova do Gaia, con su bodegas y barcazas de otro tiempo. En el otro costado asomaban hinchas helenos orgullosos de tomar parte en la Eurocopa 2004. Por allí andaba Angelos, un profesor griego empleado en Sudáfrica, que había surcado un continente eterno para alentar a su selección. “¿Imaginas ganar la Eurocopa?”, le dije. Su respuesta, por imposible, parecía intrascendente: “si ganamos la Eurocopa vuelvo a casa nadando”. De hecho, Grecia, junto a Letonia, eran las selecciones con menos opciones en las apuestas. Nadie daba un duro por los helenos. Imposible.
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- 4.5 / 4
Ucrania es referente ineludible del buen fútbol. Kiev siempre ha sido cuna de grandes ideas asociadas al juego de equipo. Valery Lobanovsky fue el gran maestro. Una estatua con mirada profunda a la entrada del viejo estadio da fe de su importancia. La huella de este matemático diplomado en el Dinamo fue tan profunda, que alcanza a sus pupilos más aventajados. El Dinamo y, por ende, la selección de la Unión Sovética, en diferentes etapas, siempre tuvo el sello del hierático Lobanovsky. La final de la Recopa de 1986 ante el Atlético Madrid fue uno de los momentos más relevantes de su excelsa obra. El segundo gol, en una jugada colectiva rematada por Oleg Blokhin, es la síntesis de la idea. Un ejercicio común de precisión y brillantez.
El abrazo entre aquel goleador simpar (Balón de Oro en 1975), ahora convertido en seleccionador, y el capitán del combinado nacional, Andrei Shevchenko (Balón de Oro en 2004) al final del primer encuentro de la Eurocopa fue una especie de tributo al gran maestro. Él, sin embargo, seguía en su sitio, impertérrito, con su mirada imponente. El alborozó final le pertenecía, en buena medida.
El balón es un elemento altamente democrático en cualquiera de sus formas: pelota de trapo, plástico, goma, espuma, cuero o sintético. Sirve de unión, como si fuera una junta; y cuando la cosa fluye en torno a su figura, la imaginación rueda sin límites.
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- 4.667 / 3
La Francia futbolística les esperaba desde hace tiempo. Debutaron muy jóvenes en la L1, siendo unos juveniles. Los cuatro tenían varias cosas en común: habían sido campeones de Europa sub-17 con la zamarra bleu, tenían una sensibilidad especial para desarrollar el juego de manera común, eran de perfil eminentemente técnico. Tres de ellos coincidían en otra cosa más: eran de origen magrebí (Samir, Hatem y Karim). Como tantos grandes futbolistas que dibujaron cosas diferentes por los campos del hexágono. Crecieron en centros de formación de pedigrí: Marsella y Lyon. Jérémy lo hizo más al norte, en la reputada escuela del Sochaux. Juntos ganaron aquel europeo con autoridad, derrotando en la final a España por 2-1. En el equipo hispano asomaban, entre otros, dos chicos de la Masía con evidente porvenir: Gerard Piqué y Cesc Fàbregas. Otros chicos de aquel equipo, caso de Esteban Granero y Diego Capel, también juegan en equipos de renombre. Llegar no es sencillo.
Muchos no lo hicieron, y en el caso de aquella Francia, la mayoría desapareció del mapa futbolístico. Pero Samir, Hatem, Karim y Jérémy no. Éste último fue el goleador del combinado galo, un futbolista superior técnicamente, exquisito en conducción y definición. Quizá algo frío, característica que se asocia a los jugadores altamente técnicos. Hatem tenía una zurda tan afilada como una cuchilla. Llamaba la atención por suficiencia. Tanto, que el Real Madrid comenzó a seguirle de cerca. Pero era muy disperso. Karim, su compañero en la cantera del Lyon, suplente en algunos partidos de la joven selección francesa, parecía más centrado en su irresistible ascensión al primer equipo. Creó su propio hábitat en la superficie cercana al área rival y fue despachando a todo aquel goleador que reclutaban del extranjero. Tenía un porte exquisito para transportar la pelota; mirada y pulso fríos para precisar soluciones como quien respira. Naturalidad desbordante. Partía en desventaja, pero el presente le coloca en una instancia superior. Por goles, por juego, por pura influencia. Acaricia el verde como la seda.
Samir es el más centrocampista de todos. Dio el salto a la Premier League en sus primeros días como profesional, como tantos jóvenes que buscan fortuna de la formación a la francesa. Él tenía un seguro de vida; al amparo de un técnico que cree a pies juntillas en los jóvenes: Arsène Wenger. Y creció. Maduró con futbolistas de perfil dinámico que facilitaron su crecimiento. Pero la selección absoluta era otra cuestión. Ni él, ni Hatem, ni Karim, ni mucho menos Jérémy, terminaban por cuajar en el escalafón superior. Ninguno de ellos acudió al Mundial de Sudáfrica, víctimas de su irregularidad y poco peso específico en la formación del gallo. Todavía prevalecía el corte físico de sus componentes. Hasta que llegó Laurent Blanc.
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- 3.667 / 3
Fue mentar el nombre de Kazimierz Górski y aquel grupo de entusiastas que repetían y no paraban el estribillo “Polska bielo-czerwoni…” se pusieron de rodillas implorando al técnico más glorioso del fútbol polaco. Había fallecido pocas semanas antes víctima de una larga enfermedad. A Tomas se le fueron los ojos al cielo. Allí arriba se podía adivinar un terreno de juego infinito donde el maestro alentaba a sus pupilos. No eran unos de tantos. Eran los mejores. La generación más brillante que jamás floreció en Polonia: Deyna, Lato, Zmuda, Gadocha, Szarmach… Hacía mucho calor aquella tarde en Gelsenkirchen. Eran las horas previas al estreno de Polonia en el Mundial de Alemania. El recuerdo y la nostalgia prevalecían entre la hinchada.
Un día me contaba Jan Urban que la generación de oro del fútbol polaco reforzó la autoestima de un país dolorido por las sucesivas invasiones y sujeto como pocos a un catolicismo inquebrantable. Campeones Olímpicos en Munich’72 y terceros en la Copa del Mundo de Alemania’74. Junto a Holanda, la selección más agradable del campeonato. Un regalo para la vista. Fueron como la Hungría del 54: amor a primera vista por aclamación popular, pero sin corona.
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Una semanda después del Deportivo, el Celta certifica un doble ascenso gallego histórico. Algo muy celebrado por el fútbol. Ambos suben a Primera de la mano. Nunca había ocurrido tal circunstancia. La coincidencia se remonta a la categoría de bronce, cuando en los albores de los años 80 accedieron al unísono a la tierra de plata. El extraordinario trabajo de ambos equipos realza la trayectoria del Real Valladolid, excelente, pero sorprendentemente insuficiente para acceder a la máxima estancia del fútbol de forma directa. Tendrá que abonar un duro peaje el conjunto blanquivioleta. Y ello, a pesar de haber superado la barrera de los 80 puntos. Nunca antes había sucedido. Todo equipo que acumuló más de ocho decenas subió a los altares. Ahora espera la promoción: doble obstáculo si quiere volver por donde solía. En cualquier caso, pase lo que pase, el equipo de Miroslav Djukic ha desplegado un fútbol de consideración, en circunstancias institucionales nada cómodas. En Pucela hay un entrenador muy a tener en cuenta.
El Deportivo fue un equipo bien engarzado, veterano, con mucha sabiduría para resolver los incovenientes y marcar la diferencia. Resurgió Juan Carlos Valerón, el genio de la lámpara. El futbolista más rápido de Segunda, porque ve cosas que los demás ni siquiera imaginan. Si alguien tuviera un don parecido, él lo superaría, por talento natural. El reloj de Arguineguín sigue marcando los cuartos de hora con la misma vigencia de siempre. Andrés Guardado fue un desestabilizador permanente, comprometido con la causa deportivista aun sabiendo que la temporada que viene no iba a estar. Jugará en el Valencia el mexicano. El año de Segunda vimos la mejor versión del zurdo con tirabuzones de oro. El portugués Bruno Gama fue un estilete en el otro costado. Un gran acierto su incorporación, por juego, goles e influencia en el despliegue. Tantos bien repartidos, en un equipo equilibrado, con buenos mimbres, de superficie a superficie. Dani Aranzubia, guardameta de jerarquía; Lassad, Riki y Xisco (providencial en las dos jornadas definitivas): señores del gol.
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Por Burdeos han pasado grandes futbolistas. Algunos, legendarios. Centrocampistas divinos. De corte y confección. Recordamos al inmenso Jean Tigana, con pulmones como máquinas a todo gas y sus patas de alambre. Cómo no, al hombre que tenía a su vera: Alain Giresse, el pequeño maestro. Hubo un salto apreciable en el tiempo hasta que llegó el futbolista que iba a marcar el final de los noventa y el inicio del nuevo siglo: Zinedine Zidane. En el antiguo Parc Lescure dejó huella de lo que más tarde sería: un dechado de virtudes al servicio del colectivo.
Cuando los dirigentes del Girondins fueron a buscar a Yoann Gourcuff nunca pensaron que iba a crear un impacto tan grande en el juego del conjunto marine et blanc. El último gran trazo de calidad lo dejaron Johan Micoud y Ali Benarbia, en la época post-Zidane. Se estilan este tipo de medios creativos y diferentes en Burdeos, y con Gourcuff encontraron la piedra filosofal del futuro equipo campeón.
La temporada del campeonato comandó la ofensiva del equipo con brillantez y mucha pulcritud. Engarzaba el juego de ataque con mucha elegancia y diligencia. Era el encargado de lanzar las jugadas de estrategia: un diamante para su entrenador, Laurent Blanc. Apenas tenía 22 años.
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- 4.333 / 3
Nadie ha sabido administrar mejor sus recursos y sobrevivir a las carencias como el Chelsea. Un espíritu agónico, de acero inoxidable. Siempre a contrapié, pero finalmente dichoso. El conjunto londinense se adjudica su primera Copa de Europa poniendo punto y final a una trayectoria turbulenta.
Napoli, Benfica y FC Barcelona se habían sentido superiores en sus enfrentamientos ante el equipo inglés. André Villas-Boas no pudo plasmar con resultados el progresivo cambio de ciclo que se había planteado tras su lustroso fichaje del Oporto. La marcha del equipo en la Premier League era errática. Juan Mata era la única noticia salvable en un grupo desorientado ante la paulatina pérdida de protagonismo de algunos ilustres, junto a la poca productividad de la savia nueva. La desconcertante trayectoria de Fernando Torres, el fichaje más caro en la historia del club, daba forma al desencanto general. Hasta que llegó el final de Villas-Boas. El técnico luso quedó sepultado deportivamente bajo los alaridos del Vesubio.
Ya con Roberto Di Matteo (antiguo medio centro) al comando de las operaciones, la vieja guardia volvió a juntar todas sus piezas sobre el campo, y con el reestablecimiento del antiguo orden empezaron a salir las cosas en las competiciones del KO.
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- 4.667 / 3
El entrañable club de Borgoña se nos ha ido a Segunda. 32 años ininterrumpidamente en L1, y uno después de disputar la Liga de Campeones pierde su estatus en la élite del fútbol francés. Como otros ilustres del hexágono en las últimas temporadas: Nantes, Mónaco, Lens, Metz, Estrasburgo, Bastia... La agonía de los históricos no decrece.
El próximo domingo se disputa la última jornada del campeonato galo. El melancólico Abbé Deschamps, templo del AJ Auxerre, recibe al Montpellier. Los caminos se cruzan en Borgoña. Se va un club familiar, con una historia de fábula; y, otro, de parecidas características, puede proclamarse campeón de Liga por primera vez en su historia. El Montpellier necesita un punto para asegurarse el campeonato. Un hito. El PSG, último capricho de los qatarís, tiene todas las papeletas para hincar la rodilla ante el último soplo de aire fresco en el fútbol francés.
Lo del Auxerre es otra cosa. Un sentimiento de pena embarga al balompié galo desde que el pasado domingo perdiera la categoría. Porque no se trata de un equipo más. Nació por iniciativa de un monje (el estadio lleva su nombre), para que los jóvenes se educaran a través del deporte; y su irresistible ascensión se produjo por obra y gracia de un entrenador irrepetible: Guy Roux. Tomó el mando del equipo en 1961, en División de Honor (categoría regional). Su destreza y sabiduría le permitieron coleccionar una serie de futbolistas ilustres que otros no acertaron a detectar. Fue poco a poco. Hasta que llegó a la máxima categoría en 1980. Guy Roux era una especie de flautista de Hamelin, capaz de atraer a jóvenes talentos de toda Francia.
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Al fútbol vasco sólo le falta un trofeo europeo de alto nivel para abrazar un palmarés de por sí brillante. Será el tercer intento. En 1977 la Juventus se cruzó en el camino del Athletic. Entonces la final de la Copa de la UEFA se disputaba a doble partido. Y en 2001, el Glorioso Deportivo Alavés hincó la rodilla en la muerte súbita, con aquel centro de Mc Allister y el desgraciado toque de Geli que terminó colándose en la portería de Herrera. Final memorable. El sentimiento general afloró en la conferencia de prensa cuando hizo acto de presencia el técnico albiazul, José Manuel Esnal “Mané”. Ovación cerrada para el técnico de Balmaseda, emblema de aquel equipo de bigotes.
Otro vizcaíno entrañable estuvo cerca de levantar aquella copa. Antonio Karmona. El gran capitán del Deportivo Alavés. Lágrimas por un sueño truncado de forma cruel en una final épica. Lágrimas de competidores gloriosos: Karmona, Desio, Contra… Tributo a una trayectoria conmovedora con epitafio brutal. Pero el Deportivo Alavés tuvo el consuelo del fútbol. Unánime. Como dirían en la Bombonera, el Westfallenstadion de Dortmund no tembló aquel día, latió al son de las emociones extremas. Liverpool 5 – Alavés 4. Imborrable.
El capitán de aquel equipo puede cobrarse mañana una cuenta pendiente. Ahora trabaja de manera meticulosa para el Athletic, formando parte del grupo de colaboradores de Marcelo Bielsa. Quizá recupere la camiseta que diseñó especialmente para la final de Dortmund. Una manera de recordar aquella hazaña. Desde San Siro hasta el infierno de Betzenberg.
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- 4.2 / 5
Kapitaina futbola uztera doala! Bere lagun on bati galdetu nion joan zen astean: Mikelek jarraituko al du? Zalantza ikurra. Zalantza, bere horretan. Mikelek zekien erantzuna. Zirrikiturik gabeko erabakia. Bere asmoa denok batera jakin genuen, atzo. Egun tristea? Beharbada futbolak erreferente natural bat galduko duelako, baina agurrean, bere balioak erakutsi zituen, beste behin.
Zintzo, apal, xume azaldu zen hedabideen aurrean. Sekula ez hitz itsusirik; inoiz ez keinu zatarrik. Arrastoa utzi du Mikelek.
Gazte doa, futbolaren egungo legeari kontraesanean. Futbolariak bere jarduna ahalik eta gehien luzatu nahi izaten baitu. Lehiari lotuta bizi da, belar usaina behar du, aldagelaren aldartea. Diruaren hotsa ere ez da makala. Hamalau denboraldi futbolean asko dira; 33 urte bizitzan, gazte. Handiek jartzen diote neurria agurrari borondatez: Platini dut gogoan. 32 urterekin Comunaleko harmailak hunkitu zituen. Realean, Arconadak eta Zamorak gorputzaldi onean utzi zioten jokatzeari. Jarraitzeko moduan ziren, baina inork ez zuen zalantzan jarri haien erabakia. Errespetuz. Ereindakoa jaso zuten: begirunea eta miresmena.
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Vicente Del Bosquefue el último entrenador que ganó la Copa de Europa al frente del Real Madrid. Se alzó dos veces con el máximo cetro continental: 1999/2000, 2001/2002. Era un hombre respetado en casi todas las parcelas del club, por su dedicación, compromiso, conocimiento y humanidad. Fue destacado centrocampista en el conjunto blanco entre los setenta y ochenta, formador de jóvenes valores en la factoría merengue, y viajero infatigable. Cualquier miembro de una secretaría técnica, cuando viajaba al lugar más insospechado para ver a un futbolista prometedor, allí estaba Vicente, en una esquina, tan correcto y sagaz como de costumbre. “A ver a Luccin, ¿eh?”, ironizaba aquella tarde en Burdeos, cuando el mundo balompédico buscaba medios centros fuertes, con carácter, tan característicos en el fútbol francés tras su ciclo ganador a finales de los años noventa.
Un día le nombraron entrenador del primer equipo. Cumplía el perfil para ser el nuevo Luis Molowny. Aquel hombre que ejercía de bombero eficiente cada vez que había un incendio en la casa blanca. Pero Del Bosque asumió el cargo de entrenador principal del primer equipo para quedarse. No habría vuelta atrás.
En un equipo repleto de Balones de Oro, con Raúl y Fernando Hierro por bandera, con egos más que difíciles de gestionar en el vestuario, se convirtió en el entrenador paternal que encajaba el ánimo y carácter tan cambiantes como si fueran piezas de un puzle. Siempre existían problemas, pero las soluciones eran sabias. Había empatía. Funcionaba el equipo; sumando títulos importantes desde la modestia y grandeza de su entrenador. Pero, a pesar de ello, lo retiraron de la circulación. A un presidente poderoso le van más los futbolistas rutilantes y entrenadores desafiantes. Allí sólo vale ejercer la victoria.
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- 4.333 / 3
Raúl Gonzálezdejará el fútbol de primer orden con la sensación de haber trazado una huella muy profunda en el mundo del balompié. Es un referente. Ejemplo en las escuelas futbolísticas para los jóvenes, por vocación, clase, inteligencia, compromiso y espíritu competitivo. El Schalke 04 ha decidido retirar el número siete como tributo al futbolista. Este hecho llama poderosamente la atención, porque Raúl sólo ha militado dos temporadas en el equipo de la cuenca del Rühr. Y no se trata de un club cualquiera. Es una de las grandes escuderías del futbol germano, por popularidad y arraigo. Significa el reconocimiento supremo a la dedicación ejemplar de un futbolista especial que han saboreado en todo su esplendor.
De forma breve pero intensa. Hasta el punto de otorgarle rango de eminencia. Porque Raúl hizo un punto y seguido tras abandonar el Real Madrid. Siguió compitiendo con los mismos argumentos en otro contexto muy diferente, para convertirse en el indiscutible líder de forma natural. “Señor Raúl”, le cantan desde el graderío. Y podría sonar, tranquilamente, El anillo del nibelungo (opera épica de Richard Wagner), en la celebración de cada tanto del siete azul.
El fichaje de Huntelaar le vino de perlas para poder desplegar con más desahogo su registro de futbolista, y llegar a jugar hasta de mediocentro organizador. Su actuación en la eliminatoria de la Europa League ante el Athletic resultó portentosa.
Heredó el número de Butragueño en el Madrid, figura que anteriormente portaron Juanito y Amancio, entre otros. Casi nada. Diecisiete años después de su estreno con el conjunto blanco, la zamarra con el siete de Gelsenkirchen colgará del anillo del nibelungo.
Naxari Altuna (periodista)
@naxaltuna




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Hace un año, por estas fechas, la Real se desinflaba por momentos. Yacía en caída libre. La inercia positiva del ascenso duró una vuelta. La familia txuri-urdin se aferraba al anhelo de la permanencia, como marinero que agarra el único cabo suelto en plena tempestad. Más allá del objetivo, la parroquia trazó una línea divisoria entre partidarios y detractores del entrenador. Martín Lasarte había insuflado suspiros de Primera a sus futbolistas, para convertirlo en viento de victoria allá por el mes de junio de 2010. Más que libreto, se buscó un impulso de adrenalina futbolística con la contratación del uruguayo. Misión para un objetivo ineludible. Trabajo impecable.
El equipo caminaba risueño durante la primera vuelta del retorno, hasta que comenzó a balbucear. Los resultados no se daban. Desánimo. Bloqueo. Preocupación. Miedo. Pavor. La resolución de la última jornada benefició los intereses clasificatorios de la Real, sufrido superviviente en la élite.
La situación del técnico quedó en entredicho. Una marea de partidarios y otra de insatisfechos se mezclaron, con un denominador común, el del agradecimiento; la disonancia era de orden futbolístico. El club buscó un cambio de timón, tendente a buscar horizontes más amplios y profundos que el de un resultado u objetivo clasificatorio. Se habló de método, filosofía de juego, y otros parabienes pertinentemente edulcorados. Aquello dibujó expectativas.
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La liga española transita entre la exageración superlativa del binomio superior y los biorritmos irregulares del pelotón. Del tercero para abajo nadie cuenta con patente de fiabilidad. Es una franja donde nada sorprende a estas alturas, por inestabilidad. El Valencia ya no es el indiscutible primero de la otra liga, la del campeonato terrenal. Las etiquetas son de quita y pon. Las historias mundanas del campeonato de segunda velocidad dicen que nada es susceptible de ser catalogado.
Existen 30 puntos de diferencia entre el líder, Real Madrid, y el Valencia, tercer clasificado. El próximo fin de semana podrían ser 33, como el artículo, ya que ambos se enfrentan en el Santiago Bernabéu. Hablamos de diez victorias de ventaja con respecto al último equipo, fuera del círculo bipolar Madrid-Barça, que ganó la Liga. Sucedió en la temporada 2003/04. Hace dos días.
El Valencia flojea y su vecino, Levante, le mira a los ojos. Mientras, dos lobos agazapados comienzan a merodear tierra quemada. Atlético y Sevilla aún están a tiempo de entrar entre los cuatro primeros. ¿Mantendrán la estabilidad?
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Philippe Montanieracumuló jugadores en la retaguardia para no salir escaldados del Santiago Bernabéu. Repitió el formato de la primera vuelta, con aquel 0-1 ante el Real Madrid en Anoeta, que no dejó ningún signo positivo. La Real hizo una mala defensa de sus argumentos en Chamartín: tres centrales y dos laterales alineados a la misma altura para ejercer como barrera de hormigón. El Madrid se adueñó de los espacios con la sabiduría de Benzema, el diapasón, y las incursiones veloces de Higuaín y Cristiano Ronaldo.
Ningún atisbo de crear la mínima duda a los galgos blancos. Esperar para ser golpeados. Todos juntos, eso sí. Una de las grandes virtudes de una defensa formada por cinco unidades es la mayor gama de posibilidades para realizar salidas y coberturas, con un hombre libre; y, sobre todo, la opción de ser profundos partiendo de los laterales.
Hace tres años le pregunté a John Benjamin Toshack en una entrevista, por qué adoptó en su día la formula de tres centrales en la Real. “Los resultados no salían. Tenía muy buenos defensores en el fondo, veteranía, con Gorriz y Gajate como referentes. Reforzamos la línea de zagueros. Decidí retrasar a Larrañaga, como hombre libre, para cerrar mejor los espacios, salir jugando y aprovechar la profundidad de los laterales en ataque. Sobre todo la potencia de Luis Mari López Rekarte”, respondía el galés. Aquella organización de juego funcionó. Una disposición que fue adoptada también por el Valladolid de la época, con el chileno Vicente Cantatore; que, amén de los centrales, contaba con dos muy buenos laterales, jóvenes y profundos: Torrecilla y Juan Carlos.
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El sorteo de las competiciones europeas, el magífico partido del Athletic en San Mamés ante el Manchester United, otro fin de semana de locos… El fútbol gira en torno a una actualidad que escupe noticias con una trascendencia desigual, en función del verdadero calado de los acontecimientos.
¿Cuál fue la imagen futbolística más impactante de la pasada temporada? La pregunta hará dudar a más de un@, en busca de la respuesta en medio de un amplio espectro de posibilidades. Entre las variables para elegir una imagen podrían concurrir la afinidad con este o aquel club, la belleza de un gol concreto, la jugada trascendente para el título más relevante; o aspectos más mundanos, situaciones y valores que engrandecen al ser humano.
El balompié lleva tiempo envuelto en ruidos, polémicas estériles, polarizaciones perniciosas, gestiones vergonzosas y diatribas varias que sonrojan. El periodismo adereza una ensalada las más de las veces indigesta. Hasta que la pelota y la sensibilidad toman la palabra. Ahí no hay discusión que valga.
La imagen más impactante de la pasada temporada, para mí, se produjo el 28 de mayo en el estadio de Wembley, cuando Carles Puyol, capitán del FC Barcelona, cedía el brazalete a Éric Abidal en el momento de recibir la Copa de Europa. Si sorprendente fue la rápida recuperación del lateral izquierdo francés para disputar la final (había sido intervenido a mediados del mes de marzo de un tumor en el hígado), en la misma proporción habría que catalogar el impulso emotivo que experimentamos tod@s aquell@s que tuvimos la fortuna de retransmitir en directo aquel encuentro. Fue un golpe de vida que sirvió para humanizar aún más la obra maestra de un grupo irrepetible.
Para elegir la fotografía más impactante de la pasada temporada con tanta claridad, entre los ingentes acontecimientos estelares que pudimos vivir y contemplar, resulta definitiva la noticia que ayer nos volvió a sorprender de forma desagradable: Éric Abidal necesita un transplante de hígado. Es otro obstáculo de los verdaderamente importantes que encuentra el FC Barcelona en el camino, junto a la enfermedad que sufre Tito Vilanova, ayudante de Pep Guardiola en el cuerpo técnico. ¿Dónde quedan las polémicas arbitrales, supuestas conspiraciones, maniobras desetabilizadoras, cuitas sobre el escenario de la final de Copa y demás historias?
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La exhibición futbolística del Athletic en Old Trafford resultó ejemplar y supone aire fresco en un planeta cada vez más ensordecedor. El fútbol habló por sí solo. Se explayó en el llamado teatro de los sueños, con un porte y personalidad propios. El conjunto rojiblanco tiene una idea colectiva que pregona por todos los campos y ante cualquier rival, sea cual sea su pedigrí. Maniató al FC Barcelona en San Mamés, le miró a los ojos al Madrid en el Bernabéu, siempre atacando el balón; y ayer causó impacto en el viejo continente por su propuesta, audacia y funcionamiento colectivo.
Old Trafford sugiere jerarquía, solemnindad y vértigo; el Manchester United rezuma gloria, personalidad arrolladora y grandeza. La camiseta roja tiene un peso específico muy grande en el fútbol mundial. Los ojos de su gran embajador, Bobby Charlton, pocas veces vislumbraron un rival con tamaña autoridad en el reino de los diablos. Desde el arranque mismo del choque quedaron claras intenciones y realidades, a partes iguales. La posesión y su manejo eran una declaración de intenciones.
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Hierba mojada, gargantas sedientas en la tribuna y duelo intenso a ras de césped. El descontrol gobernó buena parte de la primera mitad. Faltó pausa para ordenar el juego y fabricar opciones en el primer acto. Los locales acostumbran a volcar el juego en campo rival; los visitantes modificaron su frente de ataque para sorprender por movilidad y permutas.
El Athletic logró convertir en la primera ocasión que sumó pases con celeridad y precisión. Pasaron casi veinticinco minutos para que la secuencia tuviera lugar. No jugaba cómodo el conjunto rojiblanco por el empeño que puso la Real, pero el equipo txuri-urdin desentonaba con el balón. Con dos pequeños arriba (Vela y Griezmann), ¡pelotas cruzadas por los aires! Contradictorio. Imanol Agirretxe, el hombre que con su gama de movimientos abre camino, se encontraba en el banquillo.
Minuto 24, el Athletic toca rápido, desplegando sus alas para llegar en manada. Primer gran detalle del partido: Ander Herrera maniobra con maestría y la banda magnética del Athletic (la derecha, con Iraola y Susaeta) culmina una jugada de vértigo. Hasta seis jugadores rojiblancos llegaban para buscar el gol. Bingo al 14 rojiblanco, se podría decir. Fue el día de Markel Susaeta.
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Laurent Blancsalió al verde del Weserstadion con su habitual elegancia y aire tranquilo. Le Président, le apodaban en sus días de formidable futbolista. Una carrera rica en experiencias, con destinos de altos vuelos. Forjó su templanza en la medular del Montpellier. Porque antes de convertirse en patrón del fondo, fue un medio de gran presencia y llegada. Marcaba con asiduidad por los campos del hexágono. Hasta que fue requerido allende las tierras galas. Probó fortuna en el Napoli post-Maradona, sin demasiada fortuna, y volvió a Francia para proseguir su ruta de caminante futbolístico con aire pausado, señorial. Nîmes, Saint-Etienne, Auxerre (ganó Liga y Copa en 1996), Barcelona, Inter, Manchester United… Una gama de equipos de lo más curiosa. Campeón del Mundo en 1998, y de Europa en 2000 con Francia, el líder silencioso de aquella generación tiene como primer objetivo ganar un partido oficial al mando de su selección. Los galos no vencen un encuentro en fases finales desde la semifinal del Mundial 2006 en Alemania ante Portugal. Un hecho llamativo. Han pasado seis años, y entre medio, una Eurocopa y dos Copas del Mundo. Casi nada.
En ese contexto recibía Alemania a la selección francesa el pasado miércoles en Bremen, al norte de Alemania. Un reducto del fútbol ofensivo sin miramientos, por obra y gracia del Werder Bremen, comandado por Thomas Schaaf. En la localidad hanseática se tiene cierto respeto al fútbol francés merced a la inestimable aportación de Johan Micoud a su juego vistoso, hace unos pocos años.
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Sentado en la grada principal del flamante Britannia Stadium vió cómo el portero bosnio Asmir Begovic nada podía hacer ante el obús que le había lanzado Mehmet Topal, centrocampista del Valencia. Desde la tribuna, masticaba con serenidad la derrota de su equipo, el Stoke City, en la Europa League. ¿Habría podido responder a ese zurriagazo en su época de cancerbero? Él pasó a la historia por una parada inverosímil a un cabezazo traicionero de Pelé, a quemarropa. Aquella tapada fue su acción culminante, cuatro años después de haber guardado con celo la portería de Inglaterra, hasta certificar el primer y único título mundial de los pross hasta la fecha.
Gordon Banks, con sus ojos achinados, siempre confirió un aire exótico a la portería inglesa. Pero no había debate: era el mejor. Uno de los más grandes de la historia. Su carisma quedó impreso en el recuerdo de los aficionados británicos. No hubo otro como él. Fue maestro de Peter Shilton, otra gran personalidad bajo los palos de los tres leones, coetáneo de Ray Clemence. Grandes nombres en la historia del fútbol inglés. Aquellos porteros transmitían mucho poso y sobriedad. Años más tarde, David Seaman ocupó la meta inglesa de forma variopinta; hasta que llegó David James, Calamity James, un portero tan singular como incomprensible por momentos. A sus 42 años sigue jugando en el Bristol City.
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Llegó a Gipuzkoa el verano de 2002. La Real había flirteado peligrosamente con el descenso en los albores del nuevo siglo. Y para intentar cambiar la tendencia, dándole al equipo un aire diferente, los dirigentes del club txuri urdin buscaron la solución en Nantes.
Raynald Denoueix era uno de los grandes herederos de José Arribas -reportaje sobre su vida y obra: http://www.panenka.org/avance -, un exiliado bilbaíno de la Guerra Civil española que creó un estilo de juego muy particular en la ribera del Erdre. Denoueix desempeñó una labor fundamental en el crecimiento del FC Nantes, una de las escuelas futbolísticas más reputadas de Europa. Primero como futbolista. Llegó al club en 1968 y vistió la elástica jaune et vert por espacio de once temporadas. Jugaba de defensa. Durante su extensa carrera con los canaris cosechó dos títulos de Liga (uno a las órdenes del maestro arribas y otro bajo la tutela de Jean Vincent), y la primera Copa de Francia, ante el Auxerre en el Parque de los Príncipes. Éste fue su último partido como profesional, en 1979. Raynald Denoueix se despedía con un trofeo mayor para proseguir su labor en el cuerpo técnico del Nantes.
En 1982 se hizo cargo del centro de formación de la Jonelière, más tarde bautizado como centre sportif José Arribas, en honor al ideólogo del célebre jeu à la nantaise, una suerte de juego al unísono, lleno de dinamismo, movimiento constante, técnica e inteligencia. El espíritu de equipo prevalecía por encima de todo. Y bajo esa premisa innegociable, ver jugar al Nantes siempre fue un placer.
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Un día vimos jugar en Segunda división a David Villa con el Sporting. Más tarde pasaron por la categoría, y en el mismo equipo, el Castilla, futbolistas de la talla de Javi García, Borja Valero, Rubén De la Red, Esteban Granero, los hermanos Callejón, Juan Mata o Álvaro Negredo. Curiosamente aquel equipo, dirigido por Míchel, no pudo aguantar la categoría. Hoy, la mayoría de aquellos jóvenes aporta su calidad en equipos de campanillas. Y qué decir de los fabulosos futbolistas del Barcelona Atlètic. Por no citar al mago Jonathan Pereira, artista en A Malata con el Racing de Ferrol, a pesar de la pérdida de categoría del conjunto ferrolano; o David Silva, el duende de la SD Eibar. Pedro León, aquel fino centrocampista del Real Murcia, que las enchufaba desde el otro lado del campo; Beñat Etxebarria, el fajador del Betis. Y, Michu, la última gran perla que ha irrumpido en Primera desde la categoría de plata. La Segunda está llena de buenos condimentos, que trabajan para sumar en una situación nada sencilla, por cuanto que la mayoría de equipos están en Concurso de Acreedores.
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Hubo un tiempo en que se perdió de vista el camino por los imponderables del resultado. Siempre tuvieron un vivero prolífico pero, como ocurre en tantos ámbitos de la vida, el crédito de lo propio, muchas veces, lo da el fracaso de la apuesta por la creencia de que lo otro es mejor.
La Real volvió al camino por el que siempre transitó, después de perderse en la jungla del fútbol: dinero, fichajes absurdos, ruina. Lo pagó muy caro: con un deterioro por el desatino constante que, en la práctica, desnaturalizó la propia esencia del club, hasta convertirlo en uno más en la desesperada carrera de gastar para sobrevivir.
Hoy cuenta con diecisiete futbolistas nacidos de sus entrañas, con lo que ello significa en coherencia, identificación, cultura de club, valores y patrimonio. Con los fichajes se busca apuntalar la plantilla, aumentar la sana competencia, y, en muchos casos, complementar el aprendizaje de los canteranos rodeándolos de buenos futbolistas. Es el mejor camino para mejorar: rodearse de buenos futbolistas.
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- 2.833 / 6
La Real, en toda su extensión, desprende una sensación extraña. Algo se quebró en Mallorca hace un par de semanas. Aquel descalabro en la vuelta de los octavos de final de Copa desenterró viejos recelos. La constatación de que estamos ante un equipo pendular, con movimientos cambiantes.
Un gol sideral de Iñigo Martínez en el Benito Villamarín aparcó la destitución del entrenador, Philippe Montanier: la apuesta estructural del club, que implicaba un cambio de estilo y metodología en el trabajo diario. Salvado el match-ball ante el Betis, la Real encadenó siete jornadas sin perder en Liga hasta la apabullante derrota del pasado sábado contra el Atlético en Anoeta; trayectoria sólo empañada por el enorme borrón copero de Mallorca. Cuatro días después del descalabro ante el conjunto bermellón, el conjunto txuri-urdin ganó en Mestalla, algo que respaldaba la buena trayectoria de resultados en el campeonato de la regularidad.
Cuando se habla de la vigencia de un entrenador, el parámetro de medición suele ser el resultado, los resultados. Es lo evidente. Pero los dígitos son la consecuencia. Y, en el caso de la Real, el trámite para cosechar los resultados emitía señales positivas. Todo a partir de un reajuste en la medular (a pesar de la lesión de Asier Illarramendi), con la recuperación de Gorka Elustondo como mediocentro, el inestimable apoyo del capitán Mikel Aranburu (el futbolista más clarividente de la plantilla), y el trabajo del siempre intenso David Zurutuza. El equipo comenzaba a mostrar síntomas de equilibrio, con las bandas afiladas por mediación de Antoine Griezmann y Carlos Vela (ambos zurdos); para rematar el frente ofensivo con el móvil y participativo Imanol Agirretxe.
Ante Osasuna la Real jugó muy bien, refrendando sus buenas actuaciones coperas como local ante el Granada y el Mallorca. Sólo faltó el gol. El juego desplegado, en línea constante y al alza, invitaba al optimismo. Ya no se hablaba de ultimatums. El ambiente rezumaba tranquilidad, a pesar de la cercanía de los puestos de descenso. Los goles tenían que llegar, siempre como consecuencia.
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Llegó a Bolivia hace veinte años, consiguiendo una gesta deportiva sin precedentes en el país del altiplano. El vuelo del Cóndor llegó hasta los Estados Unidos aquel verano de 1994, para competir en una Copa del Mundo por primera vez. Una selección liderada en el campo por futbolistas importantes, de la talla de Erwin “Platini” Sánchez o Marco Antonio Etcheverry. Alemania, Corea del Sur y España fueron sus rivales en la fase de grupos. Desde entonces, el hombre que guió a los verdes al Mundial no ha dejado de sentir Bolivia. Veinte años después, Xabier Azkargorta vuelve a la tierra que supuso un antes y un después en su vida. Su cometido es aún más importante: desarrollar una estructura para dotar a la juventud de mayores posibilidades.
Antes de marcharse charlamos con el profesor azpeitiarra. El cóndor vuela.
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Cuando las buenas gentes del balompié triunfan uno sólo puede alegrarse. La pasada temporada me presenté un día en Miranda de Ebro para descubrir a su equipo de fútbol. Un detalle me había llamado poderosamente la atención. En el actual ejercicio he vuelto, por otro motivo. Dos razones diferentes me llevaron a Anduva, y en ambas ocasiones me encontré con la misma respuesta: personas con mayúsculas, gentes de fútbol.
Conocía a Carlos Pouso de la época del Sestao River. Entonces, compaginaba su trabajo en un taller de componentes navales con la dirección técnica del conjunto verdinegro. Con él, futbolistas como Koikili y Toquero dieron el salto a Primera División. La SD Eibar le abrió las puertas del fútbol profesional. Carlos se dio de bruces con la realidad: la impaciencia, la presión del resultado, la proliferación mediática… Aquel mes de marzo, viendo que los resultados no marchaban, buscó lo mejor para el equipo: no pidió ningún fichaje; simplemente planteó el cambio de entrenador, siempre pensando en lo mejor para el club. Algo inusual. Se rompía así el anhelo de perdurar en el fútbol profesional.
Había perdido su cargo y no se pudo reincorporar al taller, porque la empresa en la que había trabajado durante toda su vida quebró unas semanas antes. Lunes y domingos al sol. Le ofrecieron volver al Sestao River, donde querían que fuera una especie de “Alex Ferguson” de las Llanas, pero, al borde de la cincuentena, decidió jugársela: ahora o nunca. “Habría sido lo más cómodo para mí. Quedarme en casa, con un contrato de larga duración”, en un sitio donde en su anterior etapa bajaron a Tercera, ¡¡¡y le renovaron el contrato!!! Volvieron a 2ªB la siguiente temporada, batiendo todos los récords posibles.
Quería crecer con nuevas experiencias; “deseaba ser entrenador”. Por eso se marchó a Guijuelo con 49 años. “Allí hice mi mili particular. Por primera vez en mi vida estaba fuera de casa, sin mi familia, y tuve que apechugar. Fue la mejor decisión que tomé nunca. Estaré eternamente agradecido a la gente de Guijuelo”.
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- 3.333 / 6
Palabra a palabra se difumina el año y la ruleta del alfabeto se ha detenido en una letra: M.
Podríamos hablar de mentiras. Muchas de ellas habitan en el fútbol, por mor de los tópicos, prejuicios y demás interferencias que artificialmente emiten sonidos estridentes alrededor del balón. Pero nos centraremos en las certezas. Ellas marcan el camino: mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm.
MAJESTUOSO: Dícese de un equipo que rompe moldes por puro fútbol y perspectiva del juego: la esencia. Lo comentaba Raúl Caneda: ¡cómo se pueden dar premios individuales en el fútbol existiendo el Barça!, especie de corporación asociada al juego para progresar en armonía, al unísono. Fraccionar el fútbol es quitarle sentido a este equipo de leyenda. Por eso, el premio del año debiera ser para la atalaya blaugrana, que mira por los ojos de Xavi e Iniesta: la mirada del fútbol. Nos sumamos a la petición.
Pdt. Messi es la guinda. Mais si! (pues sí), como titulaba el diario L’Equipe cuando le dieron el último Balón de Oro. Abogamos por el reconocimiento colectivo: mais si!
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- 3.5 / 4
Hoy vimos a Paul Breitner, después de mucho tiempo. Aquel medio alemán con pinta de bohemio, tractor que aró campos del mundo, terrenos fértiles para el fútbol alemán. Ganó la Copa de Europa con el Bayern en 1974 y levantó la Copa del Mundo poco después. Uno de esos futbolistas que pone el toque diferente y entrañable en medio de protocolos determinados. La sonrisa de pillo cuando emparejaba a su Bayern con el Basilea ha valido por todo.
Bayer Leverkusen – FC Barcelona
El balón como elemento central. Sólo se hablará de fútbol, que es mucho, en los tiempos que corren. Emparejamiento agradable, como lo fue la pasada temporada el que juntó en el césped al Arsenal y FC Barcelona: un guiño de buen gusto. Jupp Heynckes realizó una gran labor al mando del equipo alemán, un club de trayectoria atípica en aquellas tierras, por su concepción futbolística. Ahora el balompié teutón marcha por un camino ampliamente secundado. El rodillo se oxidó y las fuentes son otras. Riegan los campos con futbolistas más sutiles, costumbre que no es nueva en Leverkusen. Rudi Völler le pone cara al proyecto: el bigote ineludible del fútbol germano. Robin Dutt intenta proseguir el trabajo de Heynckes en el banquillo, con un equipo que juega bajo el manto de su nefasta leyenda: Neverkusen. Porque dicen que nunca ganó nada. El apodo nace del maldito 2002, cuando fueron subcampeones de la Bundesliga, Copa alemana y Liga de Campeones. De aquel equipo queda el recuerdo de la clase: Lucio, Placente, Bastürk, Schneider, Berbatov… No ganaron, pero siguen jugando para ganar algún día. La pasada temporada entraron por delante del Bayern en la Bundesliga, a la sombra del efervescente Borussia Dortmund.
Sufre atrás por el centro, y percute por afuera con dos alas ofensivas: Gonzalo Castro (hijo de emigrantes españoles), y Kadlec (vástago de aquel central checo campeón con el K’Lautern en 1998). Bender, hermano gemelo del medio-centro del Dortmund, oficia de ancla en la medular, para liberar al grandullón Rolfes. Tienen más llegada y empuje que habilidad para construir. Se fue Arturo Vidal a la Juve y el brasileño Renato Augusto recogió el testigo del chileno para tejer puentes hacia la zona de peligro. Mira alrededor y encuentra dos cuchillos afilados: el zurdo Sam y el rubio Schürrle, artífice de la gran temporada pasada del Mainz 05. Con el gigante Kiessling como punta de lanza. Un equipo bonito de ver, algo inconsistente, pero muy meritorio. A disfrutar.
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Así le cantaba a Sócrates el compositor Loureiro Junior: “Doutor da bola…”. Cuando saltaba al campo con la cinta blanca circundando su cerebro lúcido y sensible, proclamando igualdad y justicia para las gentes. Brazo derecho en alto, era el símbolo del azote contra regímenes militares, intereses personalistas e injusticias sociales.
Ayer, en el estadio Pacaembú de Sao Paulo, donde Sócrates fue, es y seguirá siendo venerado por las gentes del Corinthians, su equipo del alma levantaba el Brasileirao por quinta vez en su historia. Pero, esta vez, alzaba a los cuatro vientos algo más que un trofeo: el brazo derecho del pueblo corinthiano se erigía en estandarte eterno, rindiendo tributo a su ser más querido. El puño cerrado mostraba una firmeza conmovedora, guardando entre los dedos como un tesoro la esencia de aquel futbolista de porte esbelto, entre desgarbado y acompasado, hijo del romanticismo más puro.
Aquella tarde de 1983, Corinthians se jugaba el título paulista ante el Sao Paulo. El compromiso que habían adquirido los componentes del club corinthiano iba más allá del resultado. La idea de un mundo mejor no podía estar en manos de un resultado; de una victoria o una derrota. Y tuvieron una idea que trascendió lo efímero, convirtiéndolo en valor universal. Los futbolistas del Corinthians saltaron al campo portando una pancarta donde se leía: “Ganhar ou perder, mas sempre com democracia”.
Sócratesy sus compañeros desarrollaron un sistema autogestionario basado en la democracia participativa dentro de un club profesional. El hecho no tenía precedentes. Brasil sufría los rigores de la dictadura militar y la iniciativa del Corinthians fue una forma de rebelarse contra la imposición. Pero aquello traspasó el ámbito del club, y la naturaleza comprometida de aquellos futbolistas alcanzaría a la sociedad civil.
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De Varsovia a Kiev, pasando por Gdansk, Donetsk… Los viejos ferrocarriles transitan en ruta circular, camino de Polonia y Ucrania. El 8 de junio, Polonia y Grecia abrirán el telón de la Eurocopa 2012. ¡A la vuelta de la esquina!
España defiende título, como monarca mundial. Es tiempo de reválida para los hispanos. Los rivales le conocen, le temen pero ya piensan en la manera de pararle.
Todo el mundo apunta a una final entre España y Alemania. Tienen los mejores mimbres, conforman un EQUIPO con talento a raudales. Alemania quiere volver a gobernar: como en el 72, 80 y 96: Beckenbauer, Schuster y Sammer. Ahora es tiempo de Özil, Müller y Götze. Un duelo muy esperado, tras la final de la Euro 2008 y la semifinal de Sudáfrica 2010. Se espera la irrupción de Marco Reus, atacante del Borussia Mönchengladbach. España y Alemania abren el abanico de favoritos.
Al equipo de Vicente Del Bosque le toca arrancar contra Italia. Con Cesare Prandelli,los transalpinos intentan jugar más. El eje de la medular es juventina: Pirlo-Marchisio. Cerebro, pausa y llegada. Con buenos delanteros, como de costumbre: Matri, Pazzini, Rossi (si llega a tiempo), Di Natale… El cojunto azzurro busca redimirse del fiasco mundialista.
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La Real Sociedad está protagonizando uno de los episodios más delirantes de su centenaria historia. El entrenador elegido para liderar un proyecto nuevo, de gran calado, a tenor de la puesta en escena del fichaje el pasado verano, y de las explicaciones que se dieron, está siendo zarandeado con la excusa de los malos resultados, y la cuestionada “gestión de los partidos”. Todo ello en la jornada 14, después de haber rescindido el contrato del anterior entrenador, que había logrado el principal objetivo propuesto por el club: mantener la categoría. Logrado el botín (a duras penas, eso sí), cortaron la trayectoria de Martín Lasarte de raíz. Era el enésimo cambio de rumbo en la dirección del primer equipo: dos años antes, Juan Manuel Lillo se tuvo que marchar, cuando todo parecía indicar que iba a seguir, y los futbolistas lo deseaban. “No logró el objetivo” adujeron en el club. Unos porque no consiguen la meta, otros a pesar de conseguirla… En definitiva: aquí existe un trasfondo de incoherencia tan grande que un gol llegado de otro mundo es capaz de cambiar los biorritmos del momento.
Al parecer, Philippe Montanier estaba en la calle con el 2-2. La Real necesita una excusa numérica para destituírle, y el resultado postrero invitaba a ello, pero Iñigo Martínez lo paró todo: el sentido, el tiempo… Disparando aún más la confusión. Un tema muy delicado. De consecuencias impredecibles, cualquiera que sea la decisión. Al final de la contienda, el presidente Jokin Aperribay cuestionaba la gestión de los partidos; pero, “en caliente no es oportuno tomar decisiones”, añadió. El hombre que lidera la institución desde la planta noble discute la gestión del entrenador que eligió en nombre del Consejo y su director deportivo; hablando por boca, quizá, de Lorenzo Juarros. Se colocan vendas para justificar un fichaje que interpretan hueco cuando se trata de competir, porque “estamos contentos con el trabajo que se está haciendo en Zubieta”, dice. Se trata de que el agua no llegue a la planta de arriba. ¿Y los jugadores cómo van a creer en el entrenador, cuando todo está encaminado a la destitución?
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Es el Robin Hood de los Emirates. Alguien muy especial. En el Arsenal llevan varias regeneraciones sobre la marcha, sin perder su nivel competitivo. Puede presentar una versión más o menos brillante, más o menos contundente, más o menos exuberante, pero siempre está ahí. Lleva catorce temporadas consecutivas compitiendo en la Champions League; un equipo que nunca estuvo obligado a ganar títulos, aunque en los últimos años lo parezca. Porque de la mano de Arsène Wenger, los gunners acostumbraron demasiado bien a sus incondicionales, pero éstos han sabido leer los momentos y las situaciones con sabiduría. El Arsenal no es el Liverpool, el Manchester United, el City o el Chelsea contemporáneo en cuanto a urgencias. Sus títulos han llegado en bandada (por generación), y se multiplicaron entre los años treinta, finales de los noventa y principios del nuevo siglo. El mérito es indiscutible; pero sobre todo hay que valorar la continuidad de un estilo admirable, coherente, valiente y sin complejos. En la época moderna del conjunto londinense se marcharon Anelka, Bergkamp, Vieira, Henry, y recientemente Fábregas. Cada fuga parecía una hecatombe, pero Wenger supo reformar el equipo: sin perder un ápice de competitividad.
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Difícil encontrar una situación tan desconcertante en torno a la Real. Estructuralmente significativo, cuando un chico recién subido al primer equipo se convierte en imprescindible. Llamativa la falta de coherencia en el apartado deportivo del primer equipo desde tiempos inmemoriales. Reveladora la situación del entrenador: aturdido, desorientado, entregado a las circunstancias, sentenciado por el entorno que rodea a la Real… Y, se intuye, desposeído de la confianza del club. No recuerdo una caída tan cantada por estos lares, sin necesidad de esperar al próximo resultado: una sensación descorazonadora. Se percibe resignación en la toma de una decisión drástica, que alcanzaría al entrenador; pero venimos defendiendo que los problemas no se circunscriben sólo a una persona, ni a unos malos resultados… Los bandazos incesantes tienen a la Real noqueada. Bandazos sobrevenidos por golpes de timon coyunturales, con consecuecias dañinas en el desarrollo natural del primer equipo.
El modelo no se discute. El trabajo de formación, y su culminación con la llegada de jugadores al primer equipo, es la esencia de esta institución, su filosofía de base. Lo que más daño hace a un club tan especial es su falta de definición y coherencia en la secuencia de técnicos que llegan para elevar el nivel competitivo del equipo y dotarle de forma. ¿Qué forma? El fondo (filosofía, jugadores…) es conocido, pero tiene una forma reconocible la Real? Hablamos de cultura de juego. ¿Qué se busca en cada momento?
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Hoy, más que nunca, es el día del fútbol. Hoy cae, por partida triple, el número redondo. El balón correrá en busca de los últimos clasificados para la Eurocopa de Polonia y Ucrania. Algunos buscan, por primera vez, un premio enorme tras su independencia: Bosnia Herzegovina, Montenegro y Estonia aguardan con impaciencia el pitido inicial de las eliminatorias.
Otros preparan la próxima jornada, con la histeria en los talones. Al iniciar un nuevo ciclo siempre se habla de proyectos, con palabras de mucho calado: nuevas metodologías, etc. De repente escuchas a alguien decir que los proyectos no existen en el fútbol; que sólo cuenta el resultado. Es cierto que a Alex Ferguson estuvieron cerca de destituírle en el Manchester United, pero al cuarto o quinto año, por falta de títulos, cuando el club llevaba casi tres décadas sin ganar una liga; Arrigo Sacchi tampoco lo tuvo fácil en sus inicios como entrenador del Milan. Cuando el Español (con ñ, en aquellos años) lo elimina de la UEFA en la temporada 1987/88, el técnico quedó muy tocado, y como venía del modesto Parma la gente dudaba aún más de sus capacidades. O el match-ball que salva Rafa Benítez en Montjuic siendo entrenador del Valencia. El conjunto ché perdía por 2-0 el día del ultimátum al técnico madrileño. En un arranque de rabia su equipo le da la vuelta al partido y termina imponiéndose por 2-3. Después llegarían dos títulos de Liga y una Copa de la UEFA. Proyectos supeditados al resultado. Nunca se sabe qué es lo que va a deparar una decisión drástica. Tomar decisiones es lo más difícil, por las dudas e incertidumbres. Pero en cualquier circunstancia de la vida hay que decidir: seguir confiando o dar un golpe de timón.
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25 años después…
Llegó al Manchester United el 6 de noviembre de 1986. Y un cuarto de siglo después la tribuna principal de Old Trafford lleva su nombre. Es Alex Ferguson, mánager escocés, alma mater de los red devils. Sucesor con mayúsculas de la mejor tradición scottish en los banquillos de Inglaterra: Matt Busby, Bill Shankly y Alex Ferguson… Luego llegaron Kenny Dalglish y Paul Lambert, entre otros. Escocia presente en los banquillos: Scottish etiqueta negra.
Ferguson asomó por primera vez con el Aberdeen. El diminuto Gordon Strachan era su extensión en el campo. Juntos derrotaron al Real Madrid en la final de la Recopa en 1983. De rojo a rojo: el entrenador se hizo cargo del Manchester United en pleno desierto. Llevaba 27 años sin ganar la liga. Con Ferguson ha conquistado 12 campeonatos en 25 años; dos Copas de Europa, una Recopa… Así hasta que la hinchada desplegó una gran pancarta ayer en casa ante el Sunderland: “Un sueño imposible… 25 años con Alex Ferguson… El sueño hecho realidad”. Desde los tiempos del Capitán Maravillas, Bryan Robson, pasando por el Rey Midas Eric Cantona, sus ilustres canteranos (Giggs, Scholes, Beckham, Neville brother’s, Butt…), hasta el diablo Wayne Rooney. Alex Ferguson cambió el rumbo de la historia. Pero su equipo no vive un buen momento. Tiene el eje oxidado. Que Rooney juegue de medio centro habla de la necesidad de reforzar la zona. Con ese parche merma al mejor futbolista de su equipo.
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La Real quiso funcionar con la armonía de un acordeón contenido, que sólo podía emitir notas graves. Buscaba pasar el trago de la manera más deshaogada posible, obligando a la audiencia a ponerse tapones en los oídos y encomendarse a no se sabe quién para que no cayeran chuzos puntiagudos. La presencia del Madrid en cualquier campo crea pavor. El mensaje a los merengues, y al mundo, era claro, después de ver actuar a la manada de búfalos desatados. Todo menos ofrecer el campo abierto: ésa era la premisa.
Hace varias jornadas, la Real llegaba sin perder al Sánchez Pizjuán. Contuvo a su rival en la primera parte (0-0), sin emitir señal alguna en la otra portería, y alguien dijo, “nada tiene que ver con la pasada temporada. Trabajan a bloque, sin fisuras. Ofrecen más seguridad”. Pero se olvidaba del principal argumento: el balón.
Hace poco, Johann Cruyff comentaba que el fútbol es un juego de fallos. Evidentemente, quien más cartas tenga en sus manos más argumentos ostenta. Rara vez contará con mayor número ases en la manga aquél que ofrece más ventaja al adversario: balón, espacio, tiempo… Hasta que apareció el genio de la lámpara: Frédéric Kanoute. Su gol desatascó un partido áspero, donde la Real sólo tenía un plan: no encajar.
Comenzó la temporada con una idea básica: defensa de cuatro, un medio centro de referencia, dos interiores, otros dos abiertos en la línea exterior y un punta. Asier Illarramendi ha sido la principal novedad en el centro del campo realista, por dinamismo, desparpajo, y salida limpia. En Sevilla estuvo más tiempo en el banco que en el campo, pero el principal problema sobre un papel (los malos resultados) persistió estando él sobre el campo (Mallorca, Athletic). Luego, hay un problema de contexto.
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Cuando no juegas, porque no juegas; cuando juegas algo, porque eres discontínuo; y cuando se cruza el tuerto, aparecen los palos.
Claudio Bravodebutó en Mallorca hace unas cuantas temporadas. Semanas atrás le recordaban aquel afortunado estreno, con los palos como generosos aliados. Los postes y el travesaño también juegan. Esta temporada los palos le han dado la espalda en Mallorca, evitando un resultado mejor. Fue un garrotazo seco, vista la posterior trayectoria de la Real en la Liga. Un golpe de tal calibre, que terminó por desconfigurar al conjunto txuri-urdin.
Posteriormente, Athletic, Zaragoza, Getafe y Levante le han propinado cuatro palos. Exceptuando el choque ante el Getafe en Anoeta (0-0), la Real, para puntuar en cuatro de los últimos cinco partidos, habría necesitado marcar, al menos, dos o tres goles en cada uno de ellos. Una exigencia demasiado grande para un equipo desorientado.
Ante el Athletic, la Real anduvo por debajo en juego, pero el poste evitó que Griezmann adelantara a los suyos. En Zaragoza, el palo se lo autopropinó el conjunto txuri urdin en la cabeza, para salir aturdido al campo. El larguero escupió un derechazo de Pedro León el pasado domingo en el minuto 90. Y en el Ciutat de Valencia, ante un líder sobredimensionado por su autoestima, los palos fueron varios: el más cruel, un zurdazo de Rubén Suárez al fondo de las mallas en el tiempo añadido con Bravo clavado como una estaca.
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El rey Midas:
Llevamos tiempo admirando su juego natural: un afluente de fútbol. Es diminuto, siempre cobra ventaja en la pausa y limpia la jugada con la mirada. Otros rematan la faena y él vuelve a empezar. Así hasta la victoria. Le conocimos en Eibar, siendo un juvenil. José Luis Mendilibar le enseñó el punto de partida. Gaizka y Moisés le cubrían las espaldas; Kike, Patxi, Iñigo y Joseba buscaban el desmarque, y todos disfrutaban. Disfrutaban de David Silva, futbolista de cómic real. Dzeko, Kun, Balotelli, Tévez… el mago de Arguineguin se anticipa. Es el primero de la clase, sin rechistar. Dibuja diagonales, explora zonas inexistentes, y adelanta pases indetectables.
Ayer plasmó sobre el más exigente de los escenarios en Inglaterra todo el repertorio que viene desplegando desde el inicio de temporada, desde sus tiempos en Ipurua. Fue el detonante de todo. La enésima lección de fútbol: Manchester United 1 – Manchester City 6. Silva, el origen de todo… lo bueno.
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24 de junio de 2004, Estadio da Luz de Lisboa. Portugal e Inglaterra dirimían el pase a la siguiente ronda de la Eurocopa. Ganaban los ingleses, que defendían la renta mínima como soldados de la guardia real. Hasta que en el minuto 84 asomó el típico delantero que desata pasiones encontradas por su naturaleza fría e imprevisible. Hélder Postiga, futbolista ambivalente, neutralizaba la ventaja de los pross, consiguiendo forzar la prórroga para alborozo de las gentes que se agolpaban en los aledaños de la estatua Marqués de Pombal, en Lisboa, lugar de las grandes celebraciones del balompié luso. El duelo de fragatas desembarcó en el punto fatídico, con medida de once metros. Avanzaba la tanda, hasta que llegó el turno del témpano ingenioso. Antes, había convertido el jovencísimo Cristiano Ronaldo, y marrado el gran especialista, Rui Costa. Eusebio, el mito, se desvivía en las colmenas de su nuevo castillo. Al final, el guardameta Ricardo se llevó los honores. Hubo un detalle que pasó desapercibido en el conjunto de la noche, porque el portero del Sporting CP se desdobló en su tarea: guardián de los lusos, como para-penaltis, y ejecutor de los ingleses, al definir el último lanzamiento.
El cuarto penalti de Portugal era para Hélder Postiga, un delantero que había emigrado al Tottenham, procedente del Oporto. Totalizaba dos goles en toda la temporada. Habiendo fallado su lanzamiento Rui Costa, con las gradas del campo del Benfica impregnadas de pavor, a Postiga no se le ocurrió otra cosa que homenajear al gran Antonin Panenka. Lanzó el penalti al estilo que convirtió en mito al futbolista de la antigua Checoslovaquia. Postiga, simplemente Postiga.
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Los seguidores de Camerún estaban indignados aquel día en Pretoria, a la salida del encuentro entre su selección y Dinamarca. La victoria del conjunto nórdico (2-1), suponía la eliminación de Camerún en la primera ronda. Los Leones Indomables eran, a priori, la selección africana mejor dotada para competir en la Copa del Mundo de Sudáfrica. “No valen nada, han deshonrado la camiseta, son carbón…” gritaba enfurecido un hincha camerunés que había recorrido medio mundo, desde Nueva York a Pretoria, para ver in situ a su equipo. “Tienen que dimitir todos: desde el seleccionador hasta el presidente…” añadía otro. Sin embargo, en las horas previas al partido, los aficionados cameruneses se mostraban joviales, a ritmo de makossa.
Suena la música popular de aquel país, notas urbanas, con pinceladas de movimiento ventral. Se mueven los pies; circulan las caderas. Todo ello nos retrotrae en el tiempo para transportarnos a la Copa del Mundo de Italia, en 1990. Allí, Camerún fue el equipo que enamoró al respetable, por su frescura, alegría, buen fútbol y excelente resultado. Pero los aficionados quedaron prendados de un veterano delantero, anónimo hasta entonces para muchos, que hizo saltar todas las teorías futbolísticas a los 38 años. Su carrera en el fútbol francés dejó huella, básicamente en el balompié hexagonal, porque fuera del país galo no había tenido demasiada repercusión. Aún más, considerando que había brillado en Segunda división, en la filas del histórico Saint-Etienne y del Montpellier. En el viejo Chaudron y en La Mosson fue ídolo indiscutible por audacia, talento y carisma.
Roger Milla había disputado ocho años antes el Mundial de España. Entonces, Camerún se marchó a casa con el regusto de haber quedado eliminada sin haber pérdido un solo partido. Empató los tres. Los aires del atlántico soplaron a favor de Polonia e Italia. Perú era el cuarto en discordia. Precisamente, ante los andinos, Roger Milla, delantero con alma de futbolista, marcó su primer gol en una Copa del Mundo; tanto que anularía el colegiado austríaco Franz Wohrer. El goleador no pudo ofrecer el recital que tenía preparado tras la consecución del gol. Y creía que nunca lo iba a poder hacer en un Mundial, porque Camerún no se clasificó para la cita de México en 1986, y a Italia’90 no iba a llegar. Roger Milla había colgado las botas en 1989, un año antes de la disputa del Mundial transalpino.
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Anoeta fue testigo ayer de tres goles extraordinarios. Los de Fernando Llorente rezuman calidad indiscutible; el de Iñigo Martínez además contiene dificultad extrema, ingenio, atrevimiento y precisión de cirujano. Un tanto antológico. Lo que le faltaba a un chico que muestra un repertorio sorprendente para su edad: por síntomas de madurez, veteranía y determinación. Convertido en sensación, junto a Asier Illarramendi; Iñigo Martínez tuvo una ocurrencia de zurdo prestigiditador, marcando un tanto al alcance de muy pocos. Goles de esta guisa pararon el reloj y dispararon los sentidos alguna vez, muy rara vez. Son algo más que goles de larga distancia: un trabajo de francotirador con mira telescópica. Con más o menos tierra de por medio con respecto a la meta, con mayor o menor oposición; goles de esta naturaleza elevaron de por vida a los altares a zurdos y diestros de diferente perfil. La jugada terminó siendo certificado de carrera.
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¿Qué pasó en el 87? Nos preguntamos alguna vez. Muchos futbolistas que brillan con luz especial nacieron hace 24 años. Algunos son muy reconocidos: Messi, Piqué, Fàbregas… Su talento y voluntad les ha llevado a los altares. Son gente distinguida dentro del fútbol. Messi llegó avisando desde muy lejos, y algo que parecía un vendaval a leguas de distancia, pronto se convirtió en ciclón. Piqué y Fàbregas, compañeros de pupitre del argentino, necesitaron realizar un máster en Inglaterra para volver como hijos pródigos. Pero existen otros casos, llamativos, de jugadores contemporáneos, con trayectorias mucho más curiosas.
Parafraseando a Joan Manuel Serrat, es tiempo de locura en el fútbol. Jugadores de miniatura están tomando cuerpo en un medio que antaño les puso demasiadas barreras. Recuerdo, hace mucho tiempo, el coraje que mostró el diminuto Alain Giresse para abrirse camino por puro fútbol. Nuestros ojos lo agradecieron. ¿Se acuerdan del escocés Gordon Strachan? Primero en el Aberdeen, luego en el Manchester United y finalmente en el Leeds United campeón… Y entre tantos, añadiré otro por mera debilidad, menos conocido, pero divino futbolista: Ali Benarbia, el mago franco-argelino que hizo vibrar a las gentes de Martigues, Mónaco, Burdeos y París. Una delicia ofensiva. Evidentemente, Diego Armando Maradona queda en un lugar particular, dentro de este espectro de bajitos extraterrestres.
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Una gran banderola blanca y negra toma el estadio para saludar la vuelta de la Vecchia Signora al primer plano futbolístico. Lo hace entre luces y aria de Giacomo Puccini; con emoción y determinación, fiel a sus valores; con mucha clase, como antaño.
El fútbol italiano, desvencijado, necesita nuevos aires para recuperar el aura perdida. Ha pasado en pocos años de liderar el ránking de la UEFA a ser el cuarto país dentro del escalafón de los países europeos. Por ello, la próxima temporada tendrá un representante menos en la Liga de Campeones. El beneficiario será Alemania, la antítesis balompédica del país transalpino. Si Italia quiere volver por sus fueros, tendrá que empezar a revitalizar a los históricos aturdidos.
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El fútbol corre en busca del espacio libre. Es de lo poco que no cambia en un deporte en permanente ebullición. El juego es el mayor enemigo de las modas y el inmovilismo. La esencia misma del balompié; aquello que hace mover la pelota y latir al propio balompié.
La capacidad transformadora del fútbol sobre el terreno de juego no conoce límites. Los tópicos van cayendo irremisiblemente por la fuerza del talento y la valentía de unos osados, que en vez de tirar la puerta abajo, decidieron sortearla, buscando resquicios por la ranura. Cuando uno descubre el pequeño periscopio que adorna la superficie rectangular del recio roble, verá que al otro lado algo ha cambiado. Alemania, el país del rodillo, del once contra once decidido de antemano, es un ejemplo más de que en el fútbol no caben los prejuicios.
Los germanos truncaron muchos sueños durante años por empuje. Su mentalidad era inabordable. Eran espartanos que combatían con ardor, impulsados por la fuerza del orgullo. Jugar contra Alemania significaba tener pesadillas antes del partido, sufrir su insistencia durante el choque, y prolongar el sentimiento de inferioridad a la espera del siguiente choque. El Borussia Mönchengladbach de los años 70 que competía directamente con el Bayern Munich más glorioso, era una especie de excepción dentro del riguroso conpecto balompédico teutón. Aquel equipo que dio cobijo a futbolistas como Netzer, Vogts, Bonhoff, Heynckes, Wimmer, Jensen, Simonssen, Stielike… y que más tarde apadrinaría a Löthar Matthäus, fue un manantial de agua cristalina. Allí se jugaba con suma delicadeza. Sonaban los violines de forma rítmica y la pelota se explayaba en campo abierto.
Pero ante los ojos de la mayoría prevalecía el Bayern Munich, básicamente porque ganaba, comandado por un cisne de cuello alto que sacaba la pelota como si no tuviera rivales ante sí. El orden futbolístico tenía nombre y apellido: Franz Beckenbauer. Otra excepción. La gran excepción podríamos decir. Si viajáramos al otro extremo del campo, advertiríamos la menuda figura del cañonero más prolífico del futbol alemán: el insaciable Gerd Müller. El fútbol germano se alimentó durante décadas de la estirpe y temperamento de este delantero multiplicado, por eficacia y espíritu inquebrantable. Günter Netzer, dentro de su delicadeza, era una rara avis, como lo fue más tarde Bernd Schuster, que reventó con su clase y clarividencia la Eurocopa de 1980. Curiosamente, Alemania ya no lo pudo disfrutar nunca más. Los futbolistas cerebrales eran muy sensibles en Alemania.
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